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Capítulo Siete
Interpretación Bíblica

Pablo le
escribió a Timoteo:
“ten cuidado de ti mismo y de la enseñanza; persiste en
ello, pues haciendo esto te salvarás a ti mismo y a los que te escuchen” (1
Timoteo 4:16, énfasis agregado).
Cada ministro
debe llevar esta amonestación en su corazón, teniendo cuidado, primero que
todo, de sí mismo, asegurándose que él está dando un ejemplo de
santidad a los demás.
Segundo, debe
poner una atención especial a la enseñanza (doctrina) que él imparte,
porque su salvación eterna y la salvación eterna de todos aquellos que le
escuchan dependen de lo que él enseña, así como Pablo lo escribió en el
versículo anterior.[1] Si un
ministro posee una falsa doctrina o se opone a enseñar la verdad a la gente, el
resultado puede ser eternamente desastroso para él y para los otros.
Sin embargo, no
hay excusa para que el ministro formador de discípulos enseñe una falsa
doctrina, pues Dios le ha dado el Espíritu Santo y su Palabra para que
lo guíen a la verdad. En contraste a esto, los ministros con motivos erróneos,
con frecuencia repiten como loros las enseñanzas populares de otros, sin
estudiar la Palabra por ellos mismos, volviéndose propensos a errar en su
enseñanza y doctrina. La defensa en contra de esto para el ministro es la
purificación de su corazón, asegurándose que todos sus motivos son (1)
complacer a Dios y (2) ayudar a las personas a estar preparadas para estar ante
el juicio de Jesús, en vez de solamente buscar sus propias riquezas, poder o
popularidad. Además, debe estudiar diligentemente la Palabra de Dios para que
así tenga un entendimiento profundo y balanceado de la Escritura. Pablo también
le escribe a Timoteo:
“Procura con diligencia presentarte a
Dios aprobado, como obrero que no tiene de que avergonzarse, que usa bien la
palabra de verdad” (2Timoteo 2:15).
Leer, meditar y
estudiar la Palabra de Dios, debería ser una disciplina que cada ministro
practique continuamente. En tanto el ministro estudie diligentemente la
Palabra, el Espíritu Santo le ayudará a tener un mejor entendimiento de ésta,
asegurándose de que usará “bien la palabra de verdad”. Uno de los problemas más
grandes en la iglesia de hoy es que los ministros interpretan mal la Palabra de
Dios y, consecuentemente, la enseñan mal a la gente que les escucha. Esto puede
ser muy serio. Al respecto, Santiago advirtió,
“Hermanos míos, no os hagáis maestros
muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación” (Santiago 3:1).
Por esta razón,
es necesario que el ministro formador de discípulos conozca cómo interpretar
correctamente la Palabra de Dios, con la meta de entender y comunicar
adecuadamente la intención original de cada texto.
La forma de
interpretar correctamente la palabra de Dios es igual a la manera de interpretar
las palabras de cualquier persona. Si queremos entender apropiadamente el
correcto significado de cualquier autor o predicador, tenemos que aplicar
ciertas reglas de interpretación, reglas que están basadas en el sentido común.
En este capítulo, vamos a considerar las tres reglas más importantes para una
correcta interpretación de la Biblia. Ellas son, (1) leer inteligentemente, (2) leer
contextualmente, y (3) leer honestamente.
Regla #1: Leer
Inteligentemente. Interprete lo que lee literalmente a menos que la intención
del pasaje sea presentar el texto en forma figurativa o simbólica.
(Rule #1: Read
intelligently. Interpret what you read literally unless it is obviously
intended to be understood as figurative or symbolic)
La Escritura,
como toda la literatura, está llena de figuras del lenguaje, como metáforas,
hipérboles y
antropomorfismos. Estas figuras se deben tomar como tales.
Una metáfora es la
comparación de semejanzas entre dos cosas que básicamente no son similares. La
Escritura contiene muchas metáforas. Una se puede encontrar en las palabras de
Cristo durante la Última Cena:
“Mientras comían, tomó
Jesús el pan, lo bendijo, lo partió y dio a sus discípulos, diciendo: “Tomad,
comed; éste es mi cuerpo”. Y tomando la copa y habiendo dado gracias, les dio,
diciendo: “bebed de ella todos, porque esto es mi sangre del nuevo pacto que
por muchos es derramada para perdón de los pecados” (Mateo 26:26-28).
¿Quería decir
Jesús con esto que el pan que Él dio a sus discípulos literalmente era su cuerpo y
que el vino que bebieron era literalmente su sangre? El sentido
común nos dice que no. La Escritura claramente dice que era pan y vino lo que
Jesús les dio, y no dice nada acerca de que más tarde, estos elementos
cambiaran literalmente en carne y sangre. Ni Pedro ni Juan, que estaban
presentes en la Última Cena, reportaron algo como esto en sus epístolas y era
altamente improbable que los discípulos hubieran disfrutado jugando el papel de
caníbales.
Algunos
argumentan, “pero Jesús dijo que el pan y el vino eran su cuerpo y su sangre,
¡así que yo voy a creer lo que Jesús dijo!”
Jesús también
una vez dijo que Él era la puerta (ver Juan 10:9). ¿Realmente Él llegó a ser
una puerta con bisagras y agarraderas? Jesús dijo una vez que Él era la vid y que nosotros éramos los
pámpanos (ver Juan 15:15). ¿Realmente Jesús era una vid? o ¿literalmente
nosotros nos hemos convertido en pámpanos? Jesús dijo una vez que Él era la luz
del mundo y el pan que venía del cielo (ver Juan 9:5, 6:41). ¿Es también Jesús
una luz o un bollo de pan?
Claramente,
todas estas expresiones son figuras del lenguaje llamadas metáforas, una
comparación de dos cosas que son básicamente diferentes pero con algunas
similitudes. De alguna forma, Jesús era como la puerta y la vid. Las
declaraciones de Jesús en la última Cena son metáforas también. El vino era
como su sangre (de alguna forma). El pan era como su cuerpo (de alguna forma).
Las Parábolas
de Cristo
Las parábolas de
Jesús son símiles, los cuales son iguales a las metáforas, pero
los símiles siempre incluyen las palabras como, parecido o así. Enseñan
lecciones espirituales al comparar similitudes entre dos cosas que
esencialmente son diferentes. Éste es un punto importante para recordar cuando
interpretamos estas figuras; de otra forma podríamos caer en el error de buscar
el significado de cada pequeño detalle de la parábola. Las metáforas y los
símiles siempre alcanzan un punto donde las semejanzas terminan y las
diferencias comienzan. Por ejemplo, si yo le digo a mi esposa, “Tus ojos son como
el mar” yo quiero decir que sus ojos son azules, profundos y atractivos. No
quiero decir que los peces nadan dentro de ellos, o que las aves aterrizan
sobre ellos, o que se congelan cuando hay hielo durante el frío invierno.
Vamos a
considerar tres de las parábolas de Jesús, todas son símiles, la primera será
la parábola de la red:
“Asimismo el Reino de los Cielos es
semejante a una red que, echada al mar, recoge toda clase de peces. Cuando está
llena la sacan a la orilla, se sientan y recogen lo bueno en cestas y echan
fuera lo malo. Así será el fin del mundo: saldrán los ángeles y apartarán a los
malos de entre los justos, y los echarán en el horno de fuego; allí será el
lloro y el crujir de dientes” (Mateo 13:47-50).
¿Son el Reino de
los Cielos y una red básicamente lo mismo? ¡Absolutamente no! Estos son
muy, muy diferentes, pero hay algunas pocas similitudes. Así como
los peces son separados en dos categorías, los deseables y los indeseables,
cuando éstos se sacan de la red, así también será en el Reino de los Cielos. Un
día, los perversos y los justos, que actualmente viven juntos, serán separados.
Pero aquí es donde las similitudes terminan. Los peces nadan, las personas
caminan. Los pescadores separan
los peces. Los ángeles separarán los hombres malvados de los justos. Los
pescados son juzgados por lo bien que saben después de ser cocinados. La gente
es juzgada por su obediencia o desobediencia a Dios. Los buenos peces son
puestos dentro de contenedores y los peces malos son arrojados fuera. La gente
justa heredará el Reino de Dios y la gente mala será arrojada al infierno.
Esta parábola es
un perfecto ejemplo de cómo cada metáfora y cada símil son esencialmente una
comparación imperfecta, porque las cosas que se comparan son básicamente
diferentes. Nosotros no queremos ir más allá de la intención del orador
asumiendo que las diferencias son de hecho similitudes. Por ejemplo, todos
nosotros sabemos que el “buen pescado” realmente termina cocinado en el fuego,
y el “pescado malo” se va de vuelta al agua para nadar un día más. Jesús no
mencionó eso, pues hubiera ido en contra de su propósito.
Esta parábola en
particular no enseña (a pesar de lo que todos dicen) una estrategia para un
“evangelismo con la red”, donde tratamos de atraer a todos a la iglesia, buenos
y malos, sin importar si ellos quieren venir o no. Esta parábola no enseña que
la playa es el mejor lugar para evangelizar. Esta parábola no prueba que el
rapto de la iglesia ocurre al final del periodo de la tribulación. Esta
parábola no enseña que nuestra salvación es puramente por la elección de la
soberanía de Dios, porque los peces escogidos en la parábola no tienen nada que
ver con la razón de su elección. ¡No se esfuerce en dar un significado no
garantizado a las parábolas de Jesús!
Permanecer
Listo (Remaining Ready)
Aquí hay otra
parábola familiar de Jesús, la parábola de las diez vírgenes:
“Entonces el reino de los cielos será
semejante a Diez vírgenes que, tomando sus lámparas, salieron a recibir al
novio. Cinco de ellas eran prudentes y cinco insensatas. Las insensatas,
tomando sus lámparas, no tomaron consigo aceite; pero las prudentes tomaron
aceite en sus vasijas, juntamente con sus lámparas. Como el novio tardaba,
cabecearon y todas se durmieron. Y a la media noche se oyó un clamor: “¡Aquí
viene el novio, salid a recibirlo!”. Entonces todas aquellas vírgenes se
levantaron y arreglaron sus lámparas. Y las insensatas dijeron a las prudentes:
“Dadnos de vuestro aceite, porque nuestras lámparas se apagan”, pero las
prudentes respondieron diciendo: “para que no nos falte a nosotras y a
vosotras, id más bien a los que venden y comprad para vosotras mismas”. Pero
mientras ellas iban a comprar, llegó el novio; y las que estaban preparadas
entraron con él a la boda, y se cerró la puerta. Después llegaron también las
otras vírgenes, diciendo: “¡Señor, Señor, ábrenos!”. Pero él, respondiendo,
dijo: “de cierto os digo que no os conozco”. Velad, pues, porque no sabéis el
día ni la hora en que el Hijo del hombre ha de venir.” (Mateo 25:1-13).
¿Cuál es la
lección principal de esta parábola? Se encuentra en la oración final: permanece
listo para el regreso del Señor, porque Él puede tardar más de lo que esperas. De esto se
trata.
Como lo mencioné en mi capítulo
anterior, Jesús habló esta parábola a varios de sus discípulos más cercanos (ver Mateo 24:3; Marcos
13:3), los cuales obviamente eran obedientes y le siguieron en ese tiempo. Así
que, claramente esta parábola expone que era posible que Pedro, Juan, Santiago
y Andrés no estuvieran listos para el retorno de Jesús. Y por esto es que Jesús
les da la advertencia. Como vemos, estas parábolas enseñan que existe una
posibilidad para aquellos que en la actualidad estén listos para el retorno de
Jesús, de que no estén listos para cuando Él vuelva. Todas las diez vírgenes
estaban listas al principio, pero cinco no estuvieron listas al final. Si el novio
hubiera regresado más temprano, tal vez todas las diez vírgenes hubieran tenido
la oportunidad de entrar a las bodas.
Pero, ¿cual es
el significado de que hubiera cinco vírgenes prudentes y cinco vírgenes
insensatas? ¿Prueba esto que solamente la mitad de los cristianos de hoy en día
estarían listos cuando Cristo vuelva? No.
¿Cuál es el
significado del aceite? ¿Representa éste al Espíritu Santo? No. ¿Nos revela
esto que sólo los que han sido bautizados en el Espíritu Santo entrarán al
Reino de los cielos? No.
¿El retorno del
novio a la media noche implica que Jesús regresará a la media noche? No.
¿Por qué el
novio no pidió a las vírgenes prudentes que identificaran a sus amigas
insensatas en la puerta? Si el novio hubiera pedido a las vírgenes prudentes
que identificaran a las insensatas, se hubiera arruinado el motivo principal de
esta parábola, pues las insensatas hubieran entrado a las bodas.
Tal vez, se podría decir
que así como las vírgenes insensatas, al no tener más luz, se fueron a dormir,
así también los creyentes insensatos empiezan a caminar en tinieblas y se
duermen espiritualmente, lo cual, al final les lleva a condenación. Tal vez,
una
analogía puede encontrarse entre la boda de esta parábola y las futuras bodas
del Cordero, pero esto es todo lo que se puede decir de esta parábola para no
forzar su significado o sus detalles varios.
Llevando fruto
(Bearing Fruit)
Tal vez la peor
interpretación que yo he escuchado acerca de las parábolas de Cristo, fue la
explicación de cierto predicador acerca de la parábola del trigo y la cizaña.
Primero leamos esta parábola:
“Les refirió otra parábola, diciendo: “El
Reino de los cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su
campo; pero mientras dormían los hombres, vino su enemigo y sembró cizaña entre
el trigo, y se fue. Cuando broto la hierba y dio fruto, entonces apareció
también la cizaña. Fueron entonces los siervos del padre de familia y le
dijeron: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿Cómo, pues, tiene
cizaña?”. Él les dijo: “Un enemigo ha hecho esto”. Y los siervos le dijeron:
“¿Quieres, pues, que vayamos y la arranquemos?”. Él les dijo: “No, no sea que
al arrancar la cizaña arranquéis también con ella el trigo. Dejad crecer
juntamente lo uno y lo otro hasta la siega, y al tiempo de la siega, yo diré a
los segadores: ‘Recoged primero la cizaña y atadla en manojos para quemarla;
pero recoged el trigo en mi granero’ ” (Mateo 13:24-30).
Ahora, ésta es
la explicación de un cierto predicador:
“Es un hecho que cuando el trigo y la
cizaña brotan, son totalmente idénticos. Nadie puede decir si es trigo o
cizaña. Esto es igual al mundo hoy en día o aún dentro de la iglesia. Nadie
puede decir quienes son los verdaderos cristianos y quienes los inconversos. No
se pueden identificar por el estilo de vida que tienen, ya que muchos
cristianos no obedecen a Cristo, igual que lo hacen los no creyentes. Solamente
Dios conoce sus corazones y Él los seleccionará cuando llegue el final”.
¡Por supuesto
que este no es el punto principal de la parábola del trigo y la cizaña! En
realidad, esto enseña que los creyentes si son verdaderamente muy
distinguibles de los no creyentes. Nótese que los siervos se dieron cuenta de
que la cizaña había sido plantada cuando brotó la hierba (ver verso 26). La
cizaña no lleva ningún fruto, y es por esto que la cizaña se puede identificar
tan fácilmente. Yo pienso que esto puede significar que Jesús escogió la cizaña
sin fruto
para representar al malvado que será apartado al final y será arrojado al
infierno.
Los puntos
principales de esta parábola pueden ser estos: el verdadero creyente salvo
lleva fruto; el que no es salvo y no cree no lleva fruto. Aunque todavía Dios
no está juzgando a los malvados que están viviendo junto con los salvos, algún
día, Él los separará de los justos y serán arrojados al infierno.
De hecho, Jesús
dio una explicación de esta parábola en particular, así que no hay necesidad de
que ningún predicador busque otro significado más allá de lo que Él explicó:
“El que siembra la buena semilla es el
Hijo del hombre. El campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del
Reino, y la cizaña son los hijos del malo. El enemigo que la sembró es el
diablo; la siega es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles. De
manera que, así como se arranca la cizaña y se quema en el fuego, así será en
el fin de este mundo. Enviará el Hijo del hombre a sus ángeles, y recogerán de su reino a todos los que
sirven de tropiezo y a los que hacen maldad, y los echarán en el horno de
fuego; allí será el lloro y el crujir de dientes. Entonces los justos
resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre. El que tiene oídos para
oír, oiga”. (Mateo 13:37-43).
Hipérbole
(Hyperbole)
Una segunda
figura común del lenguaje que se encuentra dentro de la Biblia es la hipérbole. La hipérbole es
una exageración premeditada hecha con el fin de enfatizar algo. Cuando una
madre le dice a su hijo, “te llamé como mil veces para que vinieras a cenar a
la casa”, ésta es una hipérbole. Un ejemplo de una hipérbole en la Biblia se
encuentra en la declaración de Jesús acerca de cortarse la mano derecha:
“Y si tu mano derecha te es ocasión de
caer, córtala y échala de ti, pues mejor te es que se pierda uno de tus
miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno” (Mateo 5:30).
¿Está Jesús
diciendo literalmente que aquel que peca usando la mano derecha de alguna
forma, debe cortarse esa mano, y así todos viviríamos sin nuestra mano derecha?
Por supuesto que el problema con el pecado no se encuentra en nuestras manos
realmente. Más bien, Jesús con esto nos estaba enseñando que el pecado puede
enviarnos al infierno, y la forma de evitar el pecado es el estar consciente de
las tentaciones y de todo lo que nos hace flaquear.
El
Antropomorfismo (Anthropomorphism)
Una tercera
figura del lenguaje que encontramos dentro de las Escrituras es el antropomorfismo.
El
antropomorfismo es una expresión metafórica donde los atributos de los humanos
se le confieren a Dios con el fin de entenderlo. Por ejemplo, podemos leer en
Génesis 11:5:
“Jehová descendió para ver la ciudad y la
torre que edificaban los hijos de los hombres” (Génesis 11:5).
Éste es
probablemente un antropomorfismo, porque parece extraño que Dios, que lo conoce
todo, literalmente hiciera un viaje desde el cielo hasta la torre de Babel para
investigar lo que la gente estaba construyendo.
Muchas escuelas
bíblicas consideran que cada declaración bíblica que describe las partes del
cuerpo de Dios, como sus brazos, manos, nariz, ojos y cabello, son un
antropomorfismo. Con seguridad, afirman ellos, que el Dios todo poderoso no
posee estas partes como sí las tienen los humanos.
Sin embargo, yo no estaría de acuerdo
con esto, por muchas razones. Primero, porque la Escritura nos enseña
plenamente que nosotros hemos sido creados a la imagen y semejanza de Dios:
“Entonces dijo Dios: “Hagamos al hombre a
nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza”, (Génesis
1:26, énfasis agregado).
Algunos pueden
decir que fuimos creados a la imagen y semejanza de Dios solamente en el
sentido de que nosotros poseemos capacidad para razonar, responsabilidad moral,
conciencia de nosotros mismos y demás. Sin embargo, leamos una declaración que
es muy similar a la encontrada en Génesis 1:26, la cual está tan sólo unos
capítulos después:
“Vivió Adán ciento treinta años y
engendró un hijo a su semejanza, conforme a su imagen, y le puso por
nombre Set” (Génesis 5:3, énfasis agregado).
Esto con seguridad quiere decir que Set
era similar en apariencia física a su padre. Y si esto es el significado de
Génesis 5:3, ciertamente esta expresión equivalente en Génesis 1:26, significa
lo mismo. El sentido común y la interpretación sensata nos aseguran que esto es
así.
Más adelante,
tenemos algunas descripciones de Dios dadas por autores bíblicos que le vieron.
Por ejemplo Moisés, junto con otros setenta y tres israelitas, vio a Dios:
“Subieron Moisés y Aarón, Nadab y Abiú,
junto con setenta de los ancianos de Israel, y vieron al Dios de Israel.
Debajo de sus pies había como un enbaldosado de zafiro, semejante
al cielo cuando está sereno. Pero no extendió su mano contra los
príncipes de los hijos de Israel: ellos vieron a Dios, comieron y
bebieron” (Éxodo 24:9-11, énfasis agregado).
Si tú le preguntaras a Moisés si Dios
tenía manos y pies, ¿qué hubiera respondido Moisés?[2]
El profeta Daniel también tuvo una visión de Dios el Padre y Dios el Hijo:
“Estuve mirando hasta que fueron puestos
unos tronos y se sentó un Anciano de días. Su vestido era blanco como
la nieve; el pelo de su cabeza, como lana limpia; su trono, llama de
fuego, y fuego ardiente las ruedas del mismo. Un río de fuego procedía y salía
de delante de Él; miles de miles lo servían, y millones de millones estaban
delante de Él. El juez se sentó y los libros fueron abiertos.... Miraba yo en
la visión de la noche, y vi que con las nubes del cielo venía uno como un hijo
de hombre; vino hasta el Anciano de días, y lo hicieron acercarse delante de Él. Y le fue dado dominio, gloria y reino,
para que todos los pueblos, naciones y lenguas lo sirvieran; su dominio es
dominio eterno, que nunca pasará; y su reino es uno que nunca será destruido”
(Daniel 7:9-10, 13-14).
Si tú le
hubieras preguntado a Daniel si Dios tenía pelo blanco y si la forma de su
cuerpo era tal que Él podía sentarse en un trono, ¿Qué hubiera respondido
Daniel?
Considerado lo
anterior, estoy convencido que Dios el Padre tiene una forma gloriosa que es de
algún modo similar a la forma del ser humano, aunque Él no está hecho de carne
y sangre, sino de espíritu (ver
Juan 4:24).
¿Cómo podrías tú
discernir cuáles porciones de la Escritura se pueden interpretar literalmente y
cuáles se deben interpretar figurativa o simbólicamente? Esto sería muy fácil
para cualquier persona que pueda razonar lógicamente. Interpreta todo
literalmente e interpreta figurativa o simbólicamente, sólo si no existe otra
alternativa inteligente. Los profetas del Antiguo Testamento y el libro de
Apocalipsis, por ejemplo, están claramente llenos de simbolismos, algunos de
los cuales son explicados, pero algunos otros no. Pero los simbolismos no son
difíciles de identificar.
Regla #2: Lea contextualmente. Cada pasaje debe de ser interpretado a la luz de los pasajes que le
rodean y de la Biblia como un todo. El contexto histórico y cultural también
debe ser considerado cuando sea posible.
(Rule #2: Read contextually. Every passage must be interpreted in light of the
surrounding passages and the entire Bible. The historical and cultural context
should also be considered whenever possible).
Leer las
Escrituras sin tomar en consideración su contexto bíblico e inmediato, es tal
vez la primera causa de una mala interpretación.
Es posible hacer
que la Biblia nos diga aquello que queremos oír, si aislamos las escrituras de
su contexto. Por ejemplo, ¿sabías que la Biblia dice que Dios no existe? En
Salmos 14 podemos leer, “No hay Dios” (Salmos 14:1).
Sin embargo, si
queremos interpretar estas palabras apropiadamente tenemos que leerlas dentro
de su contexto: “El necio dice en su corazón, “No hay Dios””,
(Salmos 14:1, énfasis agregado). Ahora sí, ¡este verso tiene otro significado
completamente diferente!
Otro ejemplo:
una vez escuché a un predicador decir en un sermón que los cristianos
necesitaban ser “bautizados en fuego”. Él comenzó su sermón leyendo las
palabras de Juan el Bautista que se encuentran en Mateo 3:11: “Yo a la verdad
os bautizo en agua para arrepentimiento, pero el que viene tras de mí, cuyo
calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo. Él os bautizará en
Espíritu Santo y fuego”.
Basado en este
verso, él construyó su sermón. Yo recuerdo que él decía, “el hecho de que
ustedes hayan sido bautizados en el Espíritu Santo no es suficiente. Jesús
desea bautizarlos en fuego, como Juan el Bautista lo proclamó”. Él siguió
explicando que cuando seamos “bautizados en fuego”, estaremos llenos de fervor
para trabajar para el Señor. Finalmente él llamó al altar a la gente que
quisiera ser “bautizada en fuego”.
Desafortunadamente,
este predicador en particular cometió el clásico error de sacar una escritura
de su contexto.
¿Qué fue lo que
Juan el Bautista quiso decir cuando señaló que Jesús bautizaría en fuego? Para
encontrar la respuesta, todo lo que tenemos que hacer es leer los dos versos
anteriores a este verso, y un verso después de éste. Comencemos con los dos
versos precedentes. Aquí Juan dijo:
“Y no penséis decir
dentro de vosotros mismos: “A Abraham tenemos por padre”, porque yo os digo que
Dios puede levantar hijos a Abraham aún de estas piedras. Además, el hacha ya
está puesta a la raíz de los árboles; por tanto todo árbol que no da buen fruto
es cortado y echado al fuego” (Mateo 3:9-10, énfasis agregado).
Primero
aprendimos que en ese día por lo menos una parte de la audiencia de Juan
consistía de judíos que pensaban que su salvación se debía a su linaje. Por
esto, el sermón de Juan era evangelístico.
También
aprendimos que Juan estaba advirtiendo a las personas que no eran salvas del
peligro de ser arrojadas al fuego. Pareciera razonable concluir que “el
fuego” del cual Juan hablaba en el verso 10, es el mismo fuego del que hablaba
en el verso 11.
Este hecho se
vuelve aún más claro cuando leemos el verso 12:
“Su aventador está en su mano para
limpiar su era. Recogerá su trigo en el granero y quemará la paja en fuego
que nunca se apagará” (Mateo 3:12, énfasis agregado).
En los versos 10
y 12, el fuego del cual Juan estaba hablando era el fuego del infierno. En el
verso 12, con una metáfora él dice que Jesús dividiría a la gente en dos
grupos, el trigo, el cual sería “echado al granero” y la paja, la cual sería
“quemada en el fuego”.
A la luz de los
versos 10 y 12, es posible decir que en el verso 11, Juan quería decir que
Jesús bautizaría a la gente con el Espíritu Santo, si son creyentes, o con
fuego, si no son creyentes. Ya que éste es el caso, nadie debería predicar que
los cristianos necesitan ser bautizados en fuego.
Moviéndose más
allá del contexto inmediato de estos versos, deberíamos mirar el resto del
Nuevo Testamento. ¿Podemos encontrar un ejemplo en el libro de los Hechos donde
los cristianos digan que fueron “bautizados en fuego”? No. Lo más cercano a
esto es la descripción de Lucas acerca del día del Pentecostés, cuando los
discípulos fueron bautizados en el Santo Espíritu y hablaron leguas y llamas de
fuego aparecieron temporalmente sobre sus cabezas. Pero Lucas nunca dijo que
ese había sido el “bautismo en fuego”. Además, ¿podemos encontrar alguna
exhortación o alguna instrucción en las epístolas donde se diga que los
cristianos tienen que ser “bautizados en fuego”? No. Por lo tanto, es bastante
seguro decir que los verdaderos cristianos no deberían buscar un bautismo en
fuego.
Un Evangelio
Falso Derivado de la Escritura
(A False Gospel Derived from Scripture)
Muchas veces el
evangelio mismo está mal representado por algunos predicadores y maestros que
fallan al no considerar el contexto, malinterpretando así la Escritura. Por
esta razón, abunda la enseñanza falsa acerca de la gracia de Dios.
Por ejemplo, la
declaración de Pablo acerca de que la salvación era producto de la gracia y no
de las obras que se encuentra en Efesios 2:8, ha sido utilizada para promover
un falso evangelio, todo debido a que el contexto ha sido ignorado. Pablo
escribió:
“porque por gracia sois salvos por medio
de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios. No por abras, para que
nadie se gloríe” (Efesios 2:8-9).
Muchos
predicadores se centran solamente en la declaración de Pablo que dice “por
gracia sois salvos”, un don, y no un resultado de las obras. Desde este punto,
contrario al testimonio de cientos de escrituras, deducen que no existe ninguna
conexión entre la salvación y la santidad. Algunos otros van aún más lejos
diciendo que el arrepentimiento ya no es necesario para que la salvación
ocurra. Éste es un clásico ejemplo de cómo la Escritura puede ser mal
interpretada debido a que el contexto es ignorado.
Primero,
consideremos el pasaje en sí para ver que es lo que quiere decir en su
totalidad. Pablo no dice que nosotros somos salvos por gracia, sino que hemos
sido salvos por gracia por medio de la fe. La fe tiene la misma
importancia para la salvación que la gracia. La Escritura declara que la fe sin
obras está muerta, es inútil, y no puede salvar (ver Santiago 2:14-26). Por
esto Pablo no está enseñando que la santidad no es necesaria para la salvación.
Él está diciendo que nuestro propio esfuerzo no es lo que nos salva; la base de
nuestra salvación es la gracia de Dios. Nosotros no podríamos ser salvos sin la
gracia de Dios, sino que somos salvos cuando respondemos a la gracia de Dios
con la fe de que la salvación realmente ocurrirá en nuestras vidas. El
resultado de la salvación siempre es la obediencia, el fruto de una fe genuina.
Observando el contexto no más allá del verso siguiente, se ve el apoyo a esta
verdad. Pablo dice:
“pues somos hechura
suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de
antemano para que anduviéramos en ellas” (Efesios 2:10).
La verdadera
razón por la que hemos sido regenerados por el Espíritu Santo, y por la que
ahora somos nuevas criaturas en Cristo, es para que podamos caminar en las
buenas obras de la obediencia. Por esto, la ecuación de la salvación presentada
por Pablo luce así:
Gracia + fe = salvación
+ obediencia
Esto es, la
gracia más la fe es igual a (o da como resultado) la salvación más la
obediencia. Cuando se responde a la gracia de Dios con fe, el resultado será
siempre la salvación y las buenas obras.
Ahora, aquellos
que han mal interpretado las palabras de Pablo por no tomar en cuenta su
contexto, han fabricado una fórmula como ésta:
Gracia + fe –
obediencia = salvación
Esto es, la
gracia más la fe sin (o menos) la obediencia es igual a (o da como resultado)
la salvación. Esto es una herejía de acuerdo a lo que la Biblia dice.
Si leemos tan
sólo un poco más del contexto de las palabras de Pablo, pronto descubriremos
también, que la situación en Éfeso era la misma que en todos los lugares donde
Pablo había predicado. O sea, que los judíos enseñaban a los nuevos gentiles
convertidos de Pablo que debían ser circuncidados y mantener algunos aspectos
ceremoniales de la ley mosaica, si querían ser verdaderamente salvos. Fue el
contexto de la circuncisión y de las obras ceremoniales lo que Pablo tenía en
mente cuando escribió acerca de las “obras” que no nos salvan (ver Efesios
2:11-22).
Si leemos un
poco más adelante, tomando más del contexto de toda la carta de Pablo a los
Efesios, veremos muy claramente que Pablo creía que la santidad era esencial
para la salvación:
“pero la inmoralidad y toda impureza o
avaricia, ni aun se nombre entre vosotros, como conviene a santos. Tampoco
digáis palabras deshonestas, ni necedades, ni groserías que no convienen, sino
antes bien acciones de gracias. Sabéis esto, que ningún inmoral o inmundo,
que es idólatra, tiene herencia en el Reino de Cristo y de Dios. Nadie os
engañe con palabras vanas, porque por estas cosas viene la ira de Dios sobre
los hijos de desobediencia.” (Efesios 5:3-6, énfasis agregado).
Si Pablo hubiera
creído que esencialmente la gracia de Dios salvaba a alguien sin
arrepentimiento, inmoral, impuro e idólatra, él nunca hubiera escrito estas
palabras. La intención y el significado de las palabras escritas por Pablo en
Efesios 2:8-9 sólo se puede entender correctamente dentro del contexto de toda
la carta a los Efesios.
El Fiasco de
Galacia (The Galatian Fiasco)
Análogamente,
las palabras de Pablo en su carta a los gálatas han sido interpretadas fuera de
su contexto. El resultado ha sido una distorsión del evangelio, exactamente lo
que Pablo esperaba corregir en su carta a los Gálatas.
Todo el tema de
la carta de Pablo a los Gálatas es “La salvación por medio de la fe, y no por
las obras de la ley”. Pero, ¿fue la intención de Pablo el hacer pensar a sus
lectores que la santidad no era necesaria para entrar al Reino de Dios? Ciertamente no.
Primero, notemos
que Pablo una vez más, estaba combatiendo a los judíos que habían llegado a
Galacia a enseñarle a los nuevos convertidos que ellos no podían ser salvos a
menos que fueran circuncidados y guardaran la ley de Moisés. Pablo menciona el
acto particular de la circuncisión repetidamente en su carta, pues parecía que
éste era el énfasis primordial de los judíos legalistas (ver Gálatas 2:3, 7-9,
12; 5:2-3, 6, 11; 6:12-13, 15). Pablo no se preocupaba porque los creyentes de
Galacia fueran muy obedientes a los mandamientos de Cristo (que de hecho lo
eran); le preocupaba que no pusieran su fe en Cristo para su salvación, al
poner en primer lugar la circuncisión y sus propios y débiles esfuerzos por
mantener la ley de Moisés.
Al considerar
todo el contexto de la carta de Pablo a los Gálatas, notamos que él escribe en
el capítulo 5:
“pero si sois guiados por el Espíritu, no
estáis bajo la ley. Manifiestas son las obras de la carne que son: adulterio, fornicación ,
inmundicia, lujuria, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras,
contiendas, divisiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y
cosas semejantes a éstas. En cuanto a esto, os advierto, como ya os he dicho
antes, que los que practican tales cosas no heredarán el Reino de Dios” (Gálatas 5:
18-21, énfasis agregado).
Si Pablo hubiera
querido decir a los Gálatas que podían ser salvos sin guardar la santidad y así
ganar el cielo, entonces no hubiera escrito tales palabras. Su mensaje no decía
que la gente sin santidad ganaría el cielo, sino que aquellos que anulaban la
gracia de Dios y el sacrificio de Cristo por tratar de alcanzar la salvación
por medio de la circuncisión y la ley Mosaica, no podían ser salvos. La
circuncisión no trae salvación. Es la fe en Jesús lo que da como resultado la
salvación que cambia a los creyentes en nuevas creaciones santificadas:
“Porque ni la circuncisión ni la
incircuncisión valen nada, sino la nueva criatura” (Gálatas 6:15).
Todo esto, de
nuevo, nos muestra lo vital que es el considerar el contexto cuando se está
interpretando la Escritura.
La única forma
en que el evangelio puede ser distorsionado por medio de la Palabra de Dios es
ignorando el contexto. Nos cuestionamos acerca del corazón de aquellos
“ministros” que hacen esto deliberadamente y con descaro.
Por ejemplo, una
vez escuché a un predicador declarar que nunca deberíamos de mencionar la ira
de Dios cuando predicamos el evangelio, porque la Biblia dice que “la bondad de
Dios te guía al arrepentimiento” (Romanos 2:4). Por esto, de acuerdo a este
predicador, la forma apropiada de proclamar el evangelio era hablando solamente
de la bondad y el amor de Dios. Y se supone que así se llevaría a la gente al
arrepentimiento.
Pero cuando
leemos el contexto de este solitario verso, el cual este predicador leyó del
segundo capítulo de Romanos, descubrimos que se halla rodeado de escrituras
acerca de ¡la ira santa y el juicio de Dios! El contexto inmediato revela que
no existía ninguna posibilidad de que Pablo estuviera dando a entender lo que
este predicador hablaba:
“Pero sabemos que el juicio de Dios contra
los que practican tales cosas es según la verdad. Oh, hombres que
juzgas a los que practican tales cosas y haces lo mismo ¿Supones que escaparás
del juicio de Dios? ¿O menospreciarás las riquezas de su bondad,
paciencia y magnanimidad, ignorando que la bondad de Dios te guía al
arrepentimiento? Pero por tu dureza y por tu corazón no arrepentido,
acumulas sobre ti mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo
juicio de Dios. Él recompensará a
cada uno conforme a sus obras: vida eterna a los que por su perseverancia en la
buenas obras buscan gloria, honra e incorrupción; pero enojo e ira a los que
son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia; tribulación
y angustia sobre toda persona que hace lo malo, al judío
primero y también al griego” (Romanos 2:2-9, énfasis agregado).
La referencia a
la bondad de Dios que nos habla Pablo es aquella bondad que Dios muestra ¡al
retardar su ira! Y uno se pregunta cómo un ministro puede hacer una declaración
tan absurda a la luz de lo que dice la Escritura, la cual está llena de
ejemplos de predicadores que públicamente llamaron a los pecadores al
arrepentimiento.
La Consistencia
de la Escritura (Scripture’s Consistency)
Debido a que la
Biblia es inspirada por sólo una Persona, su mensaje es consistente de
principio a fin. Es por esto que podemos confiar en el contexto para ayudarnos
a interpretar el verdadero significado dado por Dios en cualquiera de sus
pasajes. Dios no diría algo en un verso, para después contradecirse en otro
verso, y si así pareciera, necesitamos seguir estudiando hasta que nuestra
interpretación de ambos versos armonice. Por ejemplo, en muchos lugares del
Sermón del Monte de Jesús, al principio pareciera que Él estaba contradiciendo
y aún corrigiendo una ley moral del Antiguo Testamento:
“habéis oído que fue dicho a los antiguos:
ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo: No resistías al malo. Más
bien, a cualquiera que te golpea en la mejilla derecha, vuélvele también la
otra” (Mateo 5: 38-39).
Jesús citó
directamente una ley mosaica y después hizo una declaración que parecía
contradecir esta misma ley. ¿Cómo interpretaríamos lo que Él dijo? ¿Ha cambiado
Dios su forma de pensar en un asunto básico de moral? ¿Estaba Él aceptando la venganza como conducta aceptable a
la luz del Antiguo Pacto, pero no en el Nuevo? El contexto es lo que nos va a
ayudar.
Jesús estaba
hablando primeramente a sus discípulos (ver Mateo 5:1-2), gente que solamente
había sido expuesta a la Palabra de Dios por los escribas y fariseos que
enseñaban en sus sinagogas. Allí ellos habían escuchado la frase, “ojo por ojo,
y diente por diente”, un mandamiento el cual los escribas y fariseos habían mal
interpretado por ignorar su contexto. No era la intención de Dios con este
mandamiento decir que era un requisito para su gente el tomar venganza personal
todo el tiempo por las cosas erróneas que les hacían. De hecho, Él dijo en la
ley mosaica que la venganza era suya (ver Deuteronomio 32:35), y que su gente
debería de hacer el bien a sus enemigos (ver Éxodo 23:4-5), pero los escribas y
los fariseos ignoraron estos mandamientos e inventaron su propia interpretación
acerca de la ley de “ojo por ojo”, lo que les daba el derecho conveniente para
la venganza personal.[3] Ellos ignoraron el contexto.
El mandamiento
de Dios acerca de “ojo por ojo y diente por diente” se encuentra dentro del
contexto de sus mandamientos que señalaron los actos de justicia cumplida en
las cortes de Israel (Ver Éxodo 21:22- 24; Deuteronomio 19: 15-21). El proveer
para la existencia de un sistema legal es en sí mismo una revelación de la
desaprobación de Dios acerca de la venganza personal. Los jueces imparciales
que examinan la evidencia son mucho más capaces de administrar la justicia que
los individuos ofendidos y parcializados. Dios espera que las cortes y los
jueces apliquen justamente los castigos según el tipo de crimen. O sea, la ley,
“ojo por ojo y diente por diente”.
Esta explicación
nos permite encontrar armonía en lo que al principio parecía contradictorio.
Jesús estaba simplemente ayudando a su audiencia; gente que había sido enseñada
bajo una falsa doctrina toda su vida, a entender la verdad de Dios sobre la
idea de la venganza personal, algo que ya se había aclarado en la ley de
Moisés, pero que fue mal interpretada por los fariseos. Jesús no estaba
contradiciendo la ley que le había
dado a Moisés. Él sólo estaba revelando su significado y la intención original.
Esto también nos
ayuda a entender correctamente lo que Jesús espera de nosotros cuando nos vemos
involucrados en grandes disputas, la clase de disputas que nos pueden llevar a
la corte. Dios no esperaba que los israelitas pasaran por alto cualquier ofensa
sufrida de parte de otros israelitas, de otra forma, Él no hubiera establecido
la corte como sistema. Asimismo, Dios no espera que los cristianos pasen por
alto las ofensas de otros cristianos (o no cristianos). El Nuevo Testamento
señala que para la reconciliación de disputas entre cristianos se debe usar la
ayuda e intervención de otros creyentes (ver 1 Corintios 6:1-6). Y no hay nada
de malo cuando un cristiano lleva
a un no creyente a la corte secular en lo referente a las disputas de
mayor grado. Una disputa u ofensa mayor sería algo como que alguien te dejara
con el ¡ojo morado y los dientes quebrados! Las ofensas menores son la clase de
cosas de las que Jesús habló, como el ser abofeteado en la mejilla, o ser
demandado por algo pequeño (como tu camisa), o ser forzado a seguir una milla
más. Dios quiere que su gente le imite y así muestre una extraordinaria gracia
a los pecadores irreflexivos y a la gente malvada.
En esta misma
línea, han existido algunos creyentes con buenas intenciones que piensan que
están obedeciendo a Jesús al resistirse a imponer cargos legales en contra de
aquellos ladrones que les han robado algo. Pensaron que estaban “poniendo la
otra mejilla”, cuando en realidad les estaban permitiendo a estos ladrones la
oportunidad de robar otra vez, enseñándoles que no hay consecuencias por su
crimen. Este tipo de cristianos no está caminando en amor hacia otros, a
quienes ¡los mismos ladrones les pueden robar! Dios quiere que a los ladrones
se les haga justicia y que se arrepientan. Pero cuando alguien te ofende en un
modo menor, como abofeteando tu mejilla, no lo lleves a la corte ni lo
abofetees. Muéstrale amor y misericordia.
Interpretando
el Antiguo a la Luz del Nuevo
(Interpreting the Old in Light of the New)
No solamente
deberíamos interpretar el Nuevo Testamento a la luz del Antiguo Testamento,
también debemos de interpretar el Antiguo Testamento a la luz del Nuevo
Testamento. Por ejemplo, algunos cristianos sinceros han leído la dieta
alimenticia de la ley de Moisés y han concluido que los cristianos deben seguir
su dieta de acuerdo a estas leyes. Sin embargo, si ellos leyeran solamente dos
pasajes del Nuevo Testamento, ellos descubrirían que la dieta de la ley de
Moisés no se puede aplicar a los que estamos bajo el Nuevo Pacto:
“Y (Jesús) les dijo: ¿Así que también
vosotros carecéis de entendimiento? ¿No comprendéis que nada de lo que entra en
el hombre desde fuera le puede contaminar? Porque no entra en su corazón, sino
en su estómago, y sale a la letrina” (Por esto Él declara que todas las comidas
son aceptables) (Marcos 7:18-19).
“Pero el espíritu dice claramente que en
los últimos tiempos algunos se apartarán de la fe, prestando atención a
espíritus engañosos y a doctrinas de demonios. Con hipocresía hablarán mentira,
teniendo cauterizada la conciencia. Prohibirán casarse y mandarán abstenerse de
los alimentos que Dios creó para que, con acción de gracias, participasen de
ellos los que creen y han conocido la verdad. Porque todo lo que Dios ha creado
es bueno, y no hay que rechazar nada cuando es recibido con acción de gracias;
pues es santificado por medio de la palabra de Dios y de la oración” (1 Timoteo
4:1-5).
Bajo el Nuevo
Pacto, no estamos sujetos a la ley de Moisés sino a la ley de Cristo (ver 1
Corintios 9:20-21). Aunque Jesús ciertamente transfirió los aspectos morales de
la ley mosaica (por esto son incorporados en la ley de Cristo), ni Él ni sus
apóstoles enseñaron que los cristianos están obligados a mantener las dietas
alimenticias de la ley de Moisés.
Sin embargo,
está claro que los primeros cristianos, todos judíos convertidos, continuaban
manteniendo el viejo pacto y las leyes de su dieta debido a sus convicciones
culturales (ver Hechos 10:9-14). Y conforme los gentiles empezaron a creer en
Jesús, los primeros judíos cristianos les dijeron que tenían que seguir las
leyes mosaicas en cuanto a su alimentación, debido a que podían ofender a otros judíos vecinos
(Ver Hechos 15:1-21). Por esto, no hay nada de malo en que los cristianos
mantengan las dietas de la ley de Moisés, en tanto no pongan la confianza de su
salvación en esas leyes.
Algunos de los
primeros cristianos fueron también persuadidos de que era malo el comer cosas
que habían sido sacrificadas a los ídolos. Pablo instruyó a los creyentes que
pensaban diferente (el cual era su caso), a caminar en amor hacia los hermanos
de una “débil fe” (ver Romanos 14:1), a que no hicieran nada que pudiera violar
sus conciencias. Si una persona se abstiene de comer alguna cosa debido a su
convicción ante Dios (aun si estas convicciones no tienen base), esta persona
debe ser alabada por su devoción, y no condenada por su mala interpretación. De
la misma manera, aquellos que se abstienen de ciertas comidas debido a su
convicción personal, no tienen por qué juzgar a los que no se abstienen. Ambos
tipos de creyentes deben caminar en amor unos con otros, pues esto es lo que
Dios ha ordenado (ver Romanos 14:1-23).
En cualquier
caso, debido a que la Biblia es una revelación progresiva, siempre debemos
interpretar las revelaciones antiguas (el Antiguo Testamento) a través de la
luz de las nuevas revelaciones (el Nuevo Testamento). Ninguna de las
revelaciones que Dios nos ha dado es contradictoria; siempre es complementaria.
El Contexto
Cultural e Histórico (Cultural and Historical Context)
Cuando sea
posible, nosotros debemos considerar también el contexto histórico y cultural
de los pasajes de la Biblia que estemos estudiando. El conocer algo acerca de
los aspectos únicos de la cultura, geografía e historia de un escenario bíblico
con frecuencia nos ayuda a profundizar en cosas que de otro modo no
entenderíamos. Por supuesto que esto requiere ayuda de otros libros además de
la Biblia. Una buena Biblia de estudio usualmente contiene ayuda en esta área.
Aquí hay algunos
pocos ejemplos de cómo la información cultural e histórica nos ayuda a evitar
la confusión cuando leemos la Biblia:
1. Algunas veces
leemos en la Escritura acerca de gente que subía a la azotea (ver Hechos 10:9)
o que destapaba el techo (ver Marcos 2:4). Nos ayuda saber que los techos en
Israel eran generalmente planos en los días de la Biblia y que las casas tenían
escaleras que subían hasta la azotea. Si no supiéramos esto, nos imaginaríamos
a un personaje bíblico ¡tratando de escalar por el techo hasta la chimenea!
2. Leemos en
Marcos 11:12-14 que Jesús maldijo a una higuera porque no tenía higos aun
sabiendo que “No era temporada para higos”. Nos ayuda saber que las higueras
usualmente tienen algunos frutos en ellas aunque no sea tiempo de frutos, así
que Jesús no estaba equivocado al esperar encontrar algunos higos.
3. Leemos en
Lucas 7:37-48 acerca de una mujer que entró a la casa de un fariseo donde se
encontraba Jesús cenando. La Escritura dice que esta mujer estaba detrás de Jesús llorando. Ella empezó a
mojar los pies de Jesús con sus lágrimas, limpiándolos con su cabello,
besándolos y ungiéndolos con perfume. Y nos preguntamos como pudo esta mujer
hacer tantas cosas si Jesús estaba sentado en una mesa cenando. ¿Se metió ella
debajo de la mesa? ¿Cómo pudo pasar a través de los pies de las demás personas
que cenaban?
La respuesta la
encontramos en la declaración de Lucas que dice que Jesús estaba “recostado a
la mesa” (Lucas 7:37). La forma que se acostumbraba a comer en aquellos días
era el recostarse a un lado del piso alrededor de una mesa de baja altura,
manteniéndose apoyado con un brazo, y alimentándose con el otro brazo y mano.
En esta postura Jesús estaba con los pies libres para que la mujer lo adorara.
Esto también nos
ayuda a entender cómo Juan pudo recostar su cabeza al pecho de Jesús en la
Última Cena para hacerle una pregunta. Juan estaba recostado a su lado con su
espalda frente a Jesús, y él simplemente recostó su espalda hacia Jesús para
hacerle una pregunta discretamente (ver Juan 13:23-25).
La pintura
famosa de la Última Cena de DaVinci, la cual muestra a Jesús sentado a la mesa
con seis de sus discípulos a cada lado, revela la ignorancia bíblica del pintor.
¡Él necesitaba entender el contexto histórico!
Una
Pregunta Común Acerca de la Vestimenta
(A Common Question about Clothes)
Una cosa que
siempre me han preguntado los pastores alrededor del mundo es ésta: “¿Es
aceptable para las mujeres cristianas el usar pantalones, considerando que la
Biblia le prohíbe a la mujer usar ropa de hombre?”
Esta es una
buena pregunta que puede ser respondida al utilizar reglas de interpretación sensatas y con la ayuda
del contexto cultural.
Primero
examinemos la prohibición de la Biblia en contra de que la mujer use ropa de
hombre (y viceversa):
“la mujer no se vestirá con ropa de
hombre, ni el hombre se pondrá vestido de mujer; porque cualquiera que hace
esto es una abominación a Jehová tu Dios” (Deuteronomio 22:5).
Debemos comenzar
preguntándonos, ¿Cuál era la intención de Dios al dar este mandamiento? ¿Era el
propósito de Dios el que las mujeres no usaran pantalones?
No, ésta no pudo
haber sido su intención, porque ningún hombre en Israel usaba pantalones en el
tiempo en que Dios dijo esto. Los pantalones no eran considerados ropa de
hombre ni ropa de nadie en ese tiempo. De hecho, lo que los hombres usaban en
los tiempos bíblicos pudiera parecerse más a la ropa de la mujer en nuestros
días. Esto es un poco de información histórica y cultural que nos puede ayudar
a interpretar correctamente lo que Dios estaba tratando de decir.
Así que, ¿Cuál era la intención de
Dios?
Leímos que
cualquiera que usara ropa del sexo opuesto sería abominación al Señor. Esto
suena bastante serio. Si un hombre toma la bufanda de una mujer y la utiliza en
su cabeza por tres segundos, ¿será esto abominación a Dios? Esto parece muy
dudoso.
Podría parecer
más apropiado el decir que Dios se oponía cuando la gente intencionalmente se
vestía para parecer del sexo
opuesto. ¿Por qué alguien haría esto? Únicamente, porque él o ella esperaba
seducir a alguien del mismo sexo, una perversión sexual que practican los homosexuales. Creo que así
podemos entender por qué esto era abominación para Dios.
Por esto no se
puede concluir que sea malo para la mujer utilizar pantalones, basándose en lo
que dice Deuteronomio 22:5, a menos que ella los use como transvesti. Mientras
ella siga luciendo como una mujer, ella no está en pecado al utilizar pantalones.
Por supuesto que
la Escritura nos enseña que la mujer debe vestir con modestia (ver 1 Timoteo 2:9) y por esto los
pantalones muy tallados al cuerpo y reveladores son inapropiados (como también los vestidos y enaguas talladas),
porque pueden llevar al hombre a la lujuria. Mucha de la ropa que las mujeres
usan públicamente en los países occidentales es completamente inapropiada y es
la clase de ropa que sólo las prostitutas usan en los países en desarrollo.
Ninguna mujer cristiana debería usar cierta ropa públicamente con el fin de
parecer “sexy”.
Algunos Otros
Pensamientos (A Few Other thoughts)
Es interesante
que los pastores en China nunca me hayan hecho la pregunta acerca del uso de
los pantalones en las mujeres. Probablemente esto se deba a que las mujeres
chinas han usado pantalones desde hace mucho tiempo. Sólo los pastores de
países donde la mayoría de las mujeres no utilizan pantalones me han hecho esta
pregunta. Esto demuestra su preferencia cultural y personal.
También me parece interesante que
ninguna ministra femenina en Myanmar me ha hecho esta misma pregunta en un
lugar en donde los hombres tradicionalmente utilizan algo que nosotros
podríamos llamar enaguas, pero que ellos llaman longgi. De nuevo, lo que
constituye ropa de hombre y de mujer varía de cultura en cultura, así que, tenemos que ser muy cuidadosos de no
imponer
nuestro conocimiento cultural a la Biblia.
Finalmente, me
pregunto, por qué tantos hombres que esperan que las mujeres no usen pantalones, basándose en Deuteronomio 22:5,
no sienten obligación en aplicar Levítico 19:27 para ellos mismos, el cual
dice,
“no cortaréis los extremos de vuestro
cabello, y no estropearéis la punta de vuestra barba” (Levítico 19:27).
¿Cómo pueden los
hombres, al leer Levítico 19:27, rasurarse completamente la barba que Dios les
ha dado, que los distingue claramente de las mujeres, y aun así acusar a las
mujeres que usan pantalones de tratar de lucir como hombres? ¡Esto pudiera
parecer un poco hipócrita!
Casualmente, un
poco de información histórica nos ayuda a entender la intención de Dios en
Levítico 19:27. El acto de redondearse los lados de la barba era
parte de un ritual pagano e
idólatra. Dios no quería que su pueblo pareciera estar entregado a ídolos
paganos.
¿Quién Está
Hablando? (Who is speaking?)
Siempre debemos
fijarnos quién está llevando a cabo la predicación o el mensaje de cualquier
pasaje bíblico, pues esa información contextual nos ayudará a interpretar
correctamente el mensaje. Aunque todo en la Biblia ha sido inspirado para estar
en la Biblia, no todo en la Biblia es la Palabra inspirada de Dios. ¿Qué quiero
decir con esto?
En muchos
pasajes de la Escritura, las palabras sin inspiración de la gente están
escritas. Por lo tanto, nosotros no debemos pensar que todo lo que la gente
habla en la Biblia es inspiración de Dios.
Por ejemplo,
algunos cometen el error de calificar las palabras de Job y sus amigos como si
éstas fueran inspiradas por Dios. Hay dos razones por las que esto es un error.
Primero, Job y sus amigos discutieron en treinta y cuatro
capítulos. No se ponían de acuerdo. Obviamente no todo lo que dijeron pudo ser
inspirado por Dios, porque Dios no se contradice a sí mismo.
Segundo, al
final del libro de Job, el mismo Dios habla, y Él corrige a Job y a sus amigos
por decir cosas que no eran correctas (ver Job 38:42).
Nosotros debemos
tomar la misma precaución cuando leemos el Nuevo Testamento. En varios casos,
Pablo plenamente afirma que ciertas porciones de sus escritos era su propia
opinión (Ver 1 Corintios 7:12, 25-26, 40).
¿A Quién se Dirige el Mensaje? (Who is Being Addressed?)
No solamente
debemos de preguntarnos quién es el que está dando el mensaje de determinado
pasaje bíblico, necesitamos también tomar nota de a quién se está dirigiendo el
mensaje. Si no hacemos esto, podemos mal interpretar algo que no se aplica a
nosotros. O, podemos interpretar algo que se aplica a nosotros, como si no se
aplicara.
Por ejemplo,
algunos dicen y reclaman una promesa que se encuentra en el Salmo 37, creyendo
que se aplica a ellos:
“Él te concederá los deseos de tu
corazón” (Salmos 37:4).
Pero, ¿aplica
esta promesa a todos los que la leen o la conocen? No. Si leemos el contexto,
encontraremos que esta promesa sólo aplica a cierta gente que cumple con cinco condiciones:
“Confía en Jehová y haz el bien; habitarás en la tierra y te apacentarás
de la verdad. Deléitate a sí mismo en Jehová y Él te concederá los deseos de tu
corazón” (Salmos 37:3-4).
Ahora sí vemos
lo importante que es el tomar nota de a quién se dirigen los diferentes
pasajes. Aquí hay otro ejemplo:
“Entonces Pedro comenzó a decirle:
Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. Respondió Jesús y dijo: De
cierto os digo que no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o
padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por causa de mí y del evangelio,
que no reciba cien veces más ahora en este tiempo: casas, hermanos, hermanas,
madres, hijos y tierras, aunque con persecuciones; y en el siglo venidero la
vida eterna” (Marcos 10:28-30).
Es muy popular
en algunos sitios el hablar de “la devolución del cien por el diez” cuando
alguien da dinero para ayudar a sostener a un predicador del evangelio. ¿Pero
aplica esta promesa a tales personas? No, esta promesa está dirigida a la gente
que verdaderamente deja sus familias, tierras, o casas para predicar el
evangelio, como lo hizo Pedro, el cual le preguntó a Jesús cuál sería la
recompensa por esto.
Curiosamente,
aquellos que siempre predican acerca de “la devolución del cien”, parecen
enfocarse únicamente en las casas y tierras, y nunca en los hijos ni en las
persecuciones que también fueron parte de la promesa. Por supuesto que Jesús,
no estaba prometiendo que aquellos que dejaran su casa, recibirían la posesión
de cien casas como recompensa. Él estaba prometiendo que cuando ellos dejan sus
familias y casas, los miembros de su nueva familia espiritual abrirían sus
casas para ellos. Los verdaderos discípulos no se preocupan por las posesiones,
porque ellos no son dueños de nada—ellos sólo son administradores de lo que
Dios les ha dado.
Un Ejemplo Final (A Final Example)
Cuando la gente
lee lo que se conoce como el “discurso de los Olivos” de Jesús que se encuentra
en Mateo 24-25, algunas personas erróneamente piensan que Él se estaba
dirigiendo a los no creyentes, y por esto concluyen incorrectamente que lo que
Él decía no se aplicaba a ellos. Leen la parábola acerca del siervo infiel y la
parábola de las diez vírgenes como si éstas fueran dirigidas a los no
creyentes. Pero como lo dije antes, estas dos parábolas eran dirigidas a varios
de los discípulos más cercanos de Jesús (ver Mateo 24:3; Marcos 13:3). Por
esto, si Pedro, Santiago, Juan y Andrés necesitaban ser advertidos de la
posibilidad de no estar listos para el regreso de Jesús, nosotros también. Las
advertencias de Jesús en estas
palabras se aplican también a todos los creyentes, aun a aquellos que no las
creen, porque piensan que estas palabras no estaban dirigidas a ellos.
Regla #3 Lea
Honestamente. No fuerce su propia teología al texto. Si lee algo que contradice
lo que usted cree, no trate de cambiar la Biblia; cambie lo que usted cree.
(Rule #3 Read Honestly.
Don’t force your theology into a text. If you read something that contradicts
what you believe, don’t try to change the Bible; change what you believe.
Cada uno de
nosotros leemos las Escrituras con ciertas bases que ya habíamos aprendido. Por
esta razón, con frecuencia es muy difícil para nosotros leer la Biblia con
honestidad. Terminamos introduciendo nuestras creencias a la Escritura, en vez
de dejar que la Escritura modele nuestra teología. Nosotros muchas veces
buscamos solamente pasajes que apoyen nuestras doctrinas e ignoramos aquellos
pasajes que contradicen nuestras creencias. A esto se le conoce como “edición
del texto”.
Aquí hay un
ejemplo que encontré recientemente en donde muchos fuerzan su propia teología
al texto. Un maestro en particular empezó leyendo Mateo 11:28-29, una cita de
Jesús bien conocida:
“venid a mí todos los que estéis
trabajados y cargados, y yo os haré descasar. Llevad mi yugo sobre vosotros y
aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para
vuestras almas” (Mateo 11:28-29).
Después de leer,
el maestro empezó a explicar que Jesús ofrecía dos tipos de descanso diferentes. El primero,
(supuestamente), es el descanso de la salvación que leemos en 11:28, y el
segundo es el descanso del discipulado en el 11:29. El primer descanso se
recibe al llegar a Jesús; y el segundo descanso se recibe al someterse a él
como Señor, o al tomar su yugo.
Pero, ¿fue esto
lo que quería decir Jesús? No, esto es forzar el significado del texto que no
está ni explícito ni implícito. Jesús no dijo que estaba ofreciendo dos tipos
de descanso diferentes. Estaba ofreciendo un descanso para aquellos que estaban
cargados y trabajados, y la única forma para recibir dicho descanso era tomando
el yugo de Jesús al someterse a Él. Éste era el innegable significado de Jesús.
¿Por qué este
maestro dio tal interpretación? Porque el obvio significado del pasaje no
encajaba con sus creencias de que existían dos clases de cristianos herederos
del cielo, los creyentes y los discípulos. Así que, no interpretó este pasaje
honestamente.
Por supuesto que
al leer otra vez las declaraciones de la Escritura que hemos leído anteriormente
en este libro, nos damos cuenta que esta extraña doctrina de este maestro no
encaja en el contexto del descanso que Jesús había enseñado. En ningún lado el
Nuevo Testamento enseña que hay dos clases de cristianos herederos del cielo,
los creyentes y los discípulos. Todos los verdaderos creyentes son discípulos.
Aquellos que no son discípulos, no son creyentes. El discipulado es el fruto de
una fe genuina.
Aprendamos a
leer la Biblia honestamente, con corazones puros. Si lo hacemos así, el resultado
será más devoción y obediencia a Cristo.