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ONCE
La seguridad de la salvación
¿Es posible estar seguro de la
salvación? ¿Puede una persona estar segura que, si muriera en este momento,
sería salva? Por supuesto que sí. El apóstol Juan escribió:
Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el
nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que
creáis en el nombre del Hijo de Dios (1 Jn. 5:13).
Los maestros de la gracia falsa
frecuentemente citan este único versículo para sostener la confianza de todos
aquellos que profesan creer en Jesús. Pero a menudo se pierde completamente el
significado que Juan quiso darle.
En primer lugar, Juan dijo que él
les escribió a aquellos que creen en el nombre del Hijo de Dios,
no a aquellos que profesan que son salvos al creer en una doctrina de
salvación. No es creer que la salvación es por gracia a través de la fe que nos
salva—somos salvos al creer en una persona divina. Y si creemos que Jesús es una persona
divina, actuaremos, hablaremos y viviremos de tal modo que nuestra fe sea
evidente.
Más aún, observe que Juan dice
que él ha escrito “estas cosas” para que sus lectores puedan saber que tienen
vida eterna. ¿De qué cosas hablaba? Juan hizo esta declaración en el cierre de
su carta en referencia a todo lo que había escrito. Había escrito toda su carta
para que sus lectores pudieran saber que tenían vida eterna. Al evaluar sus
vidas a la luz de lo que él dijo que caracteriza a todos los creyentes
verdaderos, podían determinar si eran genuinamente salvos.
Al compararnos con lo que Juan
dijo que distingue a los creyentes auténticos, podemos también determinar si la
gracia de Dios realmente nos ha cambiado. Si es así, estamos seguros de nuestra
salvación. Esto no es confiar en nuestras obras para salvación. Más bien, es
recibir la seguridad de la salvación por medio de la evidencia de la gracia de
Dios que obra en y a través de nosotros. Muchos antinómicos se ciñen a la
memoria de una oración hecha una vez por la falsa seguridad de su salvación, en
tanto que los cristianos genuinos pueden mirar sus vidas y ver la obra de la
gracia transformadora de Dios. Podemos saber[1]
que somos salvos.
¿Qué escribió Juan que nos ayuda
a hacer nuestra evaluación? ¿Cuáles son las características que distinguen a
los creyentes auténticos? Juan repetidamente menciona tres pruebas. Una es
moral (ver 2:3-6; 2:28-3:10); la segunda es social (ver 2:7-11; 3:11-18;
4:7:21) y la tercera es doctrinal (ver 2:18-27; 4:1-6). Estudiemos las tres.
La prueba moral: Obediencia a
los mandamientos de Jesús
Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos. El
que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y
la verdad no está en él; pero el que guarda su palabra, en éste verdaderamente
el amor de Dios se ha perfeccionado; por esto sabemos que estamos en él.
El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo (1 Juan 2:3-6,
énfasis del autor)
Si guardamos los mandamientos de
Jesús, (1) sabemos que llegamos a conocerle y (2) sabemos que estamos en él.
Algunos quieren que creamos que
“conocer a Jesús” es una expresión que se refiere a los cristianos que son más
maduros en Cristo. Los cristianos jóvenes e inmaduros no “conocen” realmente a
Jesús tan bien como los cristianos más viejos. Se concluye, entonces, que Juan
afirmaba que es posible diferenciar a los cristianos maduros e inmaduros por
nuestra obediencia o desobediencia. ¿Pero fue eso lo que Juan dijo?
Ciertamente no, por varias
razones. En el pasaje que acabamos de leer, Juan también usó la expresión, “en
él”, afirmando que también podemos saber si estamos en Cristo si
guardamos sus mandamientos. Cualquiera que haya leído el Nuevo Testamento sabe
que todos los cristianos verdaderos están en Cristo,
no sólo los cristianos más maduros. Ya que aquellos que están en él y
aquellos que le conocen se distinguen por cumplir sus mandamientos, el conocerle a él
debe ser equivalente a el estar en él.
En segundo lugar, Jesús también
usó la misma expresión, el conocerle a él, como equivalentes a ser
salvos:
Ellos [los fariseos] le dijeron: ¿Dónde está tu Padre?
Respondió Jesús: Ni a mí me conocéis, ni a mi Padre; si a mí me conocieseis, también a mi
Padre conoceríais (Juan 8:19, énfasis del autor).
Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas [las que son
salvas], y las mías me conocen (Juan 10:14, énfasis del autor).
Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais; y
desde ahora le conocéis, y le habéis visto (Juan 14:7, énfasis del autor, cf. 1
Juan 3:6).
Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios
verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado (Juan 17:3,
énfasis del autor).
En tercer lugar, Juan también usó
la expresión, conocerle a él, en otro lugar en su primera epístola que claramente
equipara el conocer a Jesús con el ser salvo:
Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos
llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a
él (1 Juan 3:1, énfasis del autor).
Finalmente, el contexto de la
expresión, conocerle a él, dentro de la epístola de Juan, que se trata de las
pruebas de la fe auténtica, brinda mayor apoyo a la idea de que la expresión es
aplicable a todos los verdaderos creyentes. Por ejemplo, en la segunda
discusión de Juan de la prueba moral, él sin duda afirma que “practicar la
justicia” es la evidencia de ser nacido de nuevo:
Y ahora, hijitos, permaneced en él, para que cuando se
manifieste, tengamos confianza, para que en su venida no nos alejemos de él
avergonzados. Si sabéis que él es justo, sabed también que todo el que hace
justicia es nacido de él (1 Jn. 2:28-29, énfasis del autor).
Por estas razones, podemos
concluir que cuando Juan escribe sobre “conocer a Jesús”, no se refiere a estar
en íntima comunión con Jesús como sí lo están los cristianos más maduros, sino
que se refiere a ser salvo. Aquellos que le conocen, le obedecen.
Juan reitera la prueba moral en
párrafos posteriores:
Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha
manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste,
seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. Y todo aquel que
tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro. Todo
aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción
de la ley. Y sabéis que él apareció para quitar nuestros pecados, y no hay
pecado en él. Todo aquel que permanece en él, no peca; todo aquel que peca, no
le ha visto, ni le ha conocido. Hijitos, nadie os engañe; el que hace justicia
es justo, como él es justo. El que practica el pecado es del diablo; porque el
diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para
deshacer las obras del diablo. Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el
pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es
nacido de Dios. En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del
diablo: todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de
Dios (1 Juan 3:2-10, énfasis del autor).
¿Cómo podría estar más claro? Por
su gracia, Dios transforma en hijos obedientes a aquellos que verdaderamente
creen en Jesús. Juan escribió “estas cosas” para que sepamos que tenemos vida
eterna” (1 Juan 5:13).
¿Está usted obedeciendo los
mandamientos de Jesús? Tal vez desee revisar la lista de los mandamientos de
Jesús en el capítulo nueve. Ningún cristiano los obedece a la perfección, pero
todos los cristianos genuinos se caracterizan más por la obediencia que por la
desobediencia.
La prueba social: Amando a los
hermanos
Porque este es el mensaje que habéis oído desde el
principio: Que nos amemos unos a otros. No como Caín, que era del maligno y
mató a su hermano. ¿Y por qué causa le mató? Porque sus obras eran malas, y las
de su hermano justas. Hermanos míos, no os extrañéis si el mundo os aborrece.
Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los
hermanos. El que no ama a su hermano, permanece en muerte. Todo aquel que
aborrece a su hermano es homicida; y sabéis que ningún homicida tiene vida
permanente en él (1 Juan 3:11-15).
Cuando nacemos de nuevo, Dios,
por su Santo Espíritu viene a vivir en nosotros impartiéndonos su naturaleza.
Dios es amor, Juan dice (1 Juan 4:8), y así en el momento en que Dios viene a
nuestro ser interior, su amor también nos toca. Pablo escribió, “porque el amor
de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos
fue dado” (Ro. 5:5).
Aquellos que son nacidos de nuevo
espiritualmente encuentran que, en particular, poseen un amor sobrenatural por
sus hermanos en la fe, sus hermanas y hermanos espirituales. De hecho, si sus
parientes no son salvos, realmente prefieren pasar su tiempo con sus familiares
espirituales. O, cuando un auto en la carretera les pasa de cerca con una
calcomanía que dice “Amo a Jesús”, sienten un calor especial por aquellos
ocupantes desconocidos del vehículo. Si hubieran vivido en los tiempos del
filósofo griego, Celso, también hubieran sido el blanco de su crítica: “¡Estos
cristianos se aman aun antes de conocerse!”.
Este amor otorgado divinamente va
más allá de los abrazos y apretones de manos después de la iglesia. Es el mismo
amor que Dios tiene por sus hijos, cuidadoso y compasivo:
En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida
por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos.
Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y
cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él? Hijitos míos, no
amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad (1 Juan 3:16-18).
El amor que los cristianos
genuinos poseen unos por otros es tan real que les identifica como discípulos
de Cristo a la vista de los inconversos (ver Juan 13:35) y les distingue de los
inconversos a los ojos de Dios (ver Mt. 25:31-46). Aquellos que no aman a sus
hermanos no aman a Dios (ver 1 Juan 4:20).
Por supuesto, este amor puede
crecer, y aquellos que realmente lo poseen no siempre lo muestran a la
perfección. No obstante, cada creyente genuino es conciente de la reserva
interior que tiende a mostrarse a través de sus ojos, manos, pensamientos y
palabras. Este creyente genuino
ama a otros discípulos de Jesús. ¿Los ama usted? Juan escribió “estas cosas”
para que nosotros “sepamos que tenemos vida eterna” (1 Juan 5:13).
La prueba doctrinal
¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el
Cristo? Este es anticristo, el que niega al Padre y al Hijo. Todo aquel que
niega al Hijo, tampoco tiene al Padre. El que confiesa al Hijo, tiene también
al Padre... Todo aquel que confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios
permanece en él, y él en Dios... Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es
nacido de Dios; y todo aquel que ama al que engendró, ama también al que ha
sido engendrado por él (1 Juan 2:22-23; 4:15; 5:1).
Esta prueba doctrinal es a menudo
la única prueba considerada como válida por los antinómicos. Si alguien
confiesa que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, se considera salvo, aun si
falla las otras dos pruebas de Juan. Tenga en mente que es posible confesar verbalmente
la fe en que Jesús es el Cristo e Hijo de Dios, en tanto que a la vez puede
negar su fe con sus acciones. Por lo menos cuatro veces en su primera epístola,
Juan escribe sobre aquellos cuyas acciones anulan sus palabras:
El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus
mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él (1
Juan 2:4, énfasis del autor).
El que dice que permanece en él, debe andar como
él anduvo (1 Juan 2:6, énfasis del autor).
El que dice que está en la luz, y aborrece a su
hermano, está todavía en tinieblas (1 Juan 2:9, énfasis del autor).
Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su
hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo
puede amar a Dios a quien no ha visto? (1 Juan 4:20, énfasis del autor).
A la luz de esto, seríamos
ingenuos al pensar que pasaríamos la prueba doctrinal si no aprobamos ni la
prueba moral ni la social. Las tres son igualmente importantes. Observe como
Juan une las tres en una afirmación abreviada hacia el final de su carta:
Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo [la prueba
doctrinal], es nacido de Dios; y todo aquel que ama al que engendró, ama
también al que ha sido engendrado por él [la prueba social]. En esto conocemos
que amamos a los hijos de Dios, cuando amamos a Dios, y guardamos sus
mandamientos[la prueba moral] (1 Juan 5:1-2).
Juan escribió estas cosas “para
que sepan que tienen vida eterna” (1 Juan 5:13). La carta de Juan colma de
seguridad a aquellos que en verdad han nacido de nuevo, en tanto que advierte a
aquellos cuya fe es falsa. Como escribiera en la introducción a este libro, si
yo estuviera engañado en lo concerniente a mi salvación, es mejor que me dé
cuenta ahora y no después de muerto. Ahora hay tiempo para arrepentirse y
confiar en Jesús—luego será muy tarde.
Aquellos con conciencias
demasiado sensibles
He descubierto que existe un
pequeño porcentaje de legítimos creyentes en Cristo que se alarman
indebidamente sobre su estado espiritual luego de leer un libro como éste, básicamente
debido a su personalidad. Son fieles a Cristo y tienen estándares muy altos
para sí mismos. A menudo son perfeccionistas en sus vidas personales. En
algunos casos, fueron criados bajo la influencia de un padre o una madre muy
demandante, ante cuyos ojos nunca sintieron que “daban la talla”. En otros
casos, han pasado algún tiempo aprisionados en iglesias legalistas, en donde el
tema de los sermones siempre era el pecado y nunca la gracia, o en donde los
estándares externos como el peinado o el largo del vestido eran la prueba
tornasol de la salvación propia. Tal vez fueron adoctrinados para creer que
perdían su salvación cada vez que pecaban.
Estos son cristianos que, por
falta de una mejor manera de expresarlo, tienen conciencias altamente sensibles.
Son rápidos para condenarse a sí mismos. Si diezman y ayudan a tres niños
pobres, se sienten culpables por no ayudar a cuatro y luego se preguntan si son
salvos. Sirven a otros sin egoísmo en la iglesia, pero como luchan para
llevarse bien con un viejo diácono irritable, se preguntan si en verdad han
nacido de nuevo. Comparten el evangelio con sus compañeros de trabajo, pero se
sienten culpables porque no han dejado su trabajo para ser misioneros en Haití.
Son cristianos del treinta por ciento y no del cien por ciento (ver Marcos
4:8). No son adúlteros, ni fornicarios, ni homosexuales, ni idólatras, ni
borrachos, ni mentirosos, ni ladrones, pero como no son perfectos, temen ir al
infierno, aunque su vida se caracteriza por la rectitud.
Tales creyentes sólo pueden ser
controlados por la palabra de Dios. Si usted es uno de esos creyentes, le
exhorto a que lea el Nuevo Testamento y note las imperfecciones de muchos de
los redimidos. Todos nos tambaleamos en alguna manera, especialmente en lo que
decimos (ver Stg. 3:2). El fruto del Espíritu aún tiene espacio para crecer y
madurar en todas nuestras vidas. La obra de Dios en nosotros no se ha
completado aún. Entonces no permita que el diablo tuerza lo que Dios ha dicho y
le condene. Dios le ama, y, hasta ahora, su único hijo perfecto es Jesús.
[1] Ciertamente, la primera epístola de Juan podría ser clasificada como “la carta acerca del
conocimiento”. La palabra saber (o conocer) se encuentra cuarenta veces en sus
cinco capítulos.
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