Tabla de contenidos | Capítulo anterior | Capítulo siguiente | Final de la página | Español Casa
Eres bienvenido a copiar, imprimir, distribuir o transmitir estos documentos de cualquier forma, mientras que los documentos no sean para la venta, no sean alterados y mantengan su significado original completo. © por David Servant
SEIS
El sermón de salvación más grande de Jesús
Hace unos dos mil años, el Hijo de Dios, quien aún
vivía sobre la tierra en forma humana, habló a una multitud que se había
juntado para oírle a un lado de una montaña a lo largo del Mar de Galilea. Hoy
nos referimos a sus palabras como “El Sermón del Monte”.
Jesús fue el comunicador más grande que haya existido,
y enseñaba a las personas a quienes Él consideraba campesinos sin educación.
Por lo tanto, su enseñanza era simple y fácil de entender. Usó objetos de uso
diario para ilustrar sus puntos de vista. Hoy, sin embargo, muchos piensan que
necesitamos a personas con grados de doctorado para interpretar lo que Jesús
dijo. Y desdichadamente la premisa básica de algunos de esos intérpretes es que
Jesús no pudo haber querido decir
lo que dijo. De ahí que hayan elaborado teorías complicadas para explicar lo
que Jesús realmente dijo, teorías que aquellos campesinos que originalmente
escucharon las enseñanzas ni siquiera imaginaron ni entenderían aunque alguien
trate de explicarles. Por ejemplo, algunos “eruditos” bíblicos modernos quieren
que nosotros creamos que las palabras de Jesús no tienen aplicación ni para su
audiencia ni para los cristianos modernos, sino que sólo tendrán aplicación
cuando estemos viviendo en su reino futuro. Que teoría tan sorprendente, a la
luz del hecho de que, en su predicación cuando Jesús se dirigía a su audiencia,
Él usó la palabra usted (no ellos) en este corto sermón más de
cien veces. Estos “eruditos bíblicos” hacen de Jesús un mentiroso.
Déjenme también señalar que el sermón de Jesús fue
dirigido, no sólo a sus discípulos más cercanos, sino también a las multitudes
que se habían juntado para escucharle (ver Mt. 7:28). Y tienen aplicación
directa para todo ser humano desde entonces, como lo revela una honesta leída
del sermón.
El propósito de este capítulo y del siguiente es
estudiar el Sermón del Monte de Jesús. Descubrimos que es un mensaje de
salvación, santidad y de relación entre ambas. Es un sermón que repetidamente
advierte sobre el antinomianismo. Sin descuidar a las personas pobres pero
espiritualmente hambrientas que se juntaban a escucharle, Jesús quería que
entendieran lo más importante—cómo podían heredar el reino de los cielos. Se
requiere de nosotros que también pongamos atención a lo que Él dijo. Este es
aquel de quien Moisés escribió: “El Señor vuestro Dios os levantará profeta de
entre vuestros hermanos, como a mí, a él oiréis en todas las cosas que os
hable; y toda alma que no oiga a aquel profeta, será desarraigada del pueblo”
(Hechos 3:22-23).
En la primera sección del sermón de Jesús, la que se
denomina las Bienaventuranzas, Jesús prometió bendiciones específicas a
personas que muestran ciertos rasgos de carácter. Se presentan muchos rasgos del
carácter y se prometen muchas bendiciones. Los lectores casuales a menudo leen
las Bienaventuranzas como alguien que suele leer el horóscopo, pensando que
solamente una de ellas calza bien a cada persona. Pero al hacer una lectura más
cuidadosa, nos damos cuenta que Jesús no estaba haciendo listas de diferentes
tipos de personas que recibirían cierto tipo de bendiciones, sino que cierto
tipo de persona recibiría una bendición completa al heredar el reino de Dios.
No existe otra manera de interpretar correctamente sus palabras.
Leamos los
primeros doce versículos del Sermón del Monte:
Viendo
la multitud, subió al monte; y sentándose, vinieron a él sus discípulos. Y
abriendo su boca les enseñaba, diciendo:
Bienaventurados
los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados
los que lloran, porque ellos recibirán consolación.
Bienaventurados
los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.
Bienaventurados
los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.
Bienaventurados
los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados
los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados
los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados
los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el
reino de los cielos.
Bienaventurados
sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal
contra vosotros mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande
en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de
vosotros (Mt. 5:1-12).
Las bendiciones y los rasgos del carácter
Primeramente, consideremos todas las bendiciones
prometidas. Los bienaventurados (1)heredarán el reino de los cielos, (2) recibirán
consuelo, (3) heredarán la tierra, (4) serán saciados de justicia, (5)
recibirán misericordia, (6) verán a Dios, (7) serán llamados hijos de Dios, (8)
heredarán el reino de los cielos (una repetición de la # 1) en donde ellos
serán recompensados.
¿Quiere Jesús decirnos que sólo los pobres en espíritu y
aquellos que han sido perseguidos por la justicia heredarán el reino de Dios?
¿Acaso sólo los puros de corazón verán a Dios y sólo los pacificadores serán
llamados hijos de Dios, pero ninguno de ellos heredará el reino de Dios? ¿No
recibirán los pacificadores la misericordia y los misericordiosos no serán llamados hijos de Dios?
Definitivamente ese no fue el mensaje de Jesús.
Ahora consideremos los diferentes rasgos que Jesús
describió: (1) pobres en espíritu, (2) que lloran, (3) los mansos, (4)
hambrientos de justicia, (5) misericordiosos, (6) puros de corazón, (7)
pacificadores, y (8) perseguidos.
¿Quiere decir Jesús que una persona puede ser pura de
corazón sin ser misericordiosa? ¿Puede alguien ser perseguido por causa de la
justicia sin tener hambre y sed de justicia? Categóricamente no.
Por lo tanto, es más seguro
concluir que las muchas bendiciones prometidas son las multiformes bendiciones
de una gran bendición—heredar el reino de Dios. Los muchos rasgos del carácter
de los bienaventurados son las multiformes características compartidas por todos los bienaventurados.
Claramente, las Bienaventuranzas describen los rasgos
del carácter de los auténticos seguidores de Jesús. Al enumerar esos rasgos,
Jesús alentó a sus seguidores con promesas de las multiformes bendiciones de la
salvación. Los bienaventurados son gente salva, así vemos que Jesús lo que
hacía era describir las particularidades de las personas que irían al cielo.
Aquellos que no encajan en la descripción de Jesús no son bienaventurados y no
heredarán el reino de los cielos. Entonces es correcto que nos preguntemos si
encajamos en dicha descripción. Este es un sermón acerca de la salvación, la
santidad y la relación entre ambas.
Los rasgos
del carácter de los bienaventurados
Las ocho características que Jesús enumeró acerca de
los bienaventurados están abiertas a cierta variación de una interpretación
inteligente. Por ejemplo, ¿qué hay de virtuoso en ser pobre en espíritu? Tiendo
a pensar que Jesús estaba describiendo el primer rasgo necesario que una
persona debe poseer si va a ser salvo—se da cuenta de su pobreza espiritual.
Antes de ser salvos, debemos ver primeramente la necesidad que tenemos de un
Salvador.
Esta primera característica elimina la autosuficiencia
y cualquier inclinación a pensar que la salvación es por méritos. La persona
realmente bienaventurada es aquella que se da cuenta que no tiene nada que
ofrecer a Dios, que su propia justicia es “trapo de inmundicia” (Is. 64:6). Él
se ve a sí mismo en compañía de aquellos que están “sin Cristo....sin esperanza
y sin Dios en el mundo” (Ef. 2:12).
Jesús no quería que nadie pensara que por su propio
esfuerzo cumpliría los estándares que iba a enumerar. No, las personas son
bendecidas, esto es, bendecidas
por Dios
si poseen las características de los bienaventurados. Todo brota de la gracia
de Dios. Los bienaventurados a los que se refería Jesús son bendecidos no sólo
por lo que les espera en el cielo, sino también por la obra que Dios ha hecho
en sus vidas en la tierra. Cuando veo los rasgos de los bienaventurados en mi
vida, me debe recordar no lo que yo haya hecho, sino lo que Dios ha hecho en mí
por su gracia.
Si la primera característica está en primer lugar es
porque quizá sea el primer rasgo necesario de los que van camino al cielo. Así
también la segunda está ahí con un significado: “Bienaventurados los que
lloran” (Mt. 5:4). ¿Podría Jesús estar describiendo el arrepentimiento de
corazón al igual que el remordimiento? Pienso que sí, ya que la Escritura es
clara al expresar que el dolor divino resulta del arrepentimiento necesario
para la salvación (ver 2 Co. 7:10). El recaudador de impuestos afligido que con
humildad bajaba su cabeza en el Templo, golpeando su pecho y pidiendo la
misericordia de Dios, era un bienaventurado. A diferencia del orgulloso fariseo
que también oraba en el Templo, el recaudador de impuestos salió del templo
justificado, perdonado de sus pecados (ver Lucas 18:9-14).
Si Jesús no estaba hablando del dolor inicial de una
persona arrepentida que acaba de venir a Jesús, entonces tal vez describía el
dolor de todos los verdaderos cristianos cuando continuamente enfrentan al
mundo que está en rebelión contra Dios y que los ama. Pablo lo expresó como
“que tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón” (Ro. 9:2).
La tercera característica, mansedumbre, también está
en la Escritura como uno de los frutos del Espíritu (ver Ga. 5:22-23). La
mansedumbre no es un atributo auto generado. Aquellos que han recibido la
gracia divina y en quienes habita el Santo Espíritu son también bendecidos para
ser mansos. A los “cristianos” rudos y violentos, ¡cuidado! No estarán entre
aquellos que hereden la tierra.. Más bien irán camino al infierno, pues no
están entre los bienaventurados.
Hambrientos de justicia
La cuarta característica, hambrientos y sedientos de
justicia, describe el deseo interno dado por Dios que todo verdadero nacido de
Dios posee. Siente dolor por la injusticia en el mundo y en sí mismo. Él odia
el pecado (ver Sal. 97:10, 119:128, 163) y ama la justicia.
Muy a menudo, cuando leemos la palabra justicia en la Escritura, inmediatamente
se traduce como “la justicia legal imputada a nosotros por Cristo”, pero eso no
es lo único que la palabra quiere decir. Con mucha frecuencia quiere decir, “la
cualidad de vivir correctamente bajo los estándares de Dios”. Ese es
ciertamente el significado que Jesús quiso ponerle aquí, ya que no hay razón
para que un cristiano tenga hambre por lo que ya tiene. Ya tiene una justicia
imputada. Aquellos que han nacido del Espíritu anhelan vivir justamente, y
tienen seguridad de que un día “serán saciados” (Mt. 5:6), con certeza de que
Dios, por su gracia, completará la obra que ha empezado en nosotros (ver Fil.
1:6).
Las palabras de Jesús también predicen el tiempo de
los cielos nuevos y la tierra nueva, “en los cuales mora la justicia” (2 Pe.
3:13). Entonces no habrá pecado. Todos amarán a Dios con todo su corazón y a su
prójimo como a ellos mismos. Nosotros que ahora tenemos hambre y sed de
justicia seremos luego saciados. Finalmente nuestra oración será contestada,
“Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra” (Mt. 6:10).
La quinta característica, misericordia, es también natural
en todo aquel que es nacido de nuevo, por la virtud de aquel Dios
misericordioso que vive dentro de él. El que no es misericordioso no está
bendecido por Dios y revela que no tiene parte con su gracia. El apóstol
Santiago asevera que “juicio sin misericordia se hará con aquel que no hiciere
misericordia” (Santiago 2:13). Si usted se para ante Dios y recibe un juicio
sin misericordia, ¿piensa usted que irá al cielo o al infierno?[1]
La respuesta es predecible.
Una vez Jesús contó una historia de un siervo que
había recibido gran misericordia de parte de su Señor, pero que luego no quiso
extender esa misericordia a su consiervo. Cuando su Señor descubrió lo que
había acontecido, “le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le
debía” (Mt. 18:34). Aquella deuda que le había sido perdonada surgió de nuevo.
Luego Jesús advirtió a sus discípulos, “Así también mi Padre celestial hará con
vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas”
(Mt. 18:35). De nuevo, los que no hacen misericordia no recibirán misericordia
de Dios. No se hayan dentro de los bienaventurados.
La sexta característica de aquellos que van camino al
cielo es la pureza de corazón. A diferencia de muchos cristianos profesantes,
los verdaderos seguidores de Cristo no son santos sólo en su apariencia. Por la
gracia de Dios, sus corazones han sido purificados. Aman a Dios con todo su
corazón y eso afecta sus reflexiones y sus motivaciones. Jesús promete que
ellos verán a Dios.
De nuevo pregunto, ¿creeremos que hay cristianos
verdaderos que no son puros de corazón
y que no verán a Dios? ¿Dirá
Dios a ellos, “pueden venir al cielo, pero no me verán jamás”? No, por supuesto
que no. Todo aquel que ha de ir al cielo tiene un corazón puro.
Bienaventurados para ser pacificadores
Los pacificadores son los siguientes en la lista.
Serán llamados hijos de Dios. De nuevo, Jesús debe haber estado describiendo a
cada verdadero seguidor suyo, pues todo aquel que cree en Cristo, es hijo de
Dios (ver Ga. 3:26).
Aquellos que
son nacidos del Espíritu son pacificadores de por lo menos tres maneras:
Primeramente, han hecho las paces con Dios, alguien
que fue su enemigo.
En segundo lugar, viven en paz con otros, tanto como
sea posible sin desobedecer a Dios. No se caracterizan por disensiones o
pleitos. Pablo escribió que aquellos que practican pleitos, celos, ira,
contiendas, disensiones, herejías no heredarán el reino de Dios (ver Ga.
5:19-21). Los creyentes genuinos caminarán la milla extra para evitar una pelea
y mantener la paz en sus relaciones. No dirán que están en paz con Dios si no
están en paz con su hermano (ver Mt. 5:23-24; 1 Jn. 4:20).
En tercer lugar, al compartir el evangelio, los
seguidores auténticos de Cristo también ayudan a otros a hacer las paces con
Dios y con sus hermanos.
Finalmente, Dios llamó bienaventurados a aquellos que son perseguidos
por causa de la justicia. De hecho, Él hablaba de personas que viven
justamente. Ellos son los perseguidos por los no creyentes. Serán las personas
que heredarán el reino de Dios.
¿De qué tipo de persecución hablaba Jesús? ¿Tortura?
¿Martirio? No. Él hablaba específicamente de ser insultado y ofendido por causa
de Él. Esto significa que cuando una persona es verdaderamente cristiana, tal
actitud es obvia ante los no creyentes, si no fura así, éstos no dirían nada de
ella. ¿Cuántos llamados cristianos son difíciles de distinguir de los no
creyentes de modo que nadie habla mal de ellos? En realidad no son cristianos
del todo. Como dijo Jesús,“ !Ay de vosotros, cuando todos los hombres hablen
bien de vosotros! Porque así hacían sus padres con los falsos profetas (Lucas
6:26). Cuando todo mundo habla bien de usted, eso es una señal de que usted es
un creyente falso. El mundo tiene verdaderos cristianos (ver también Juan
15:18-21; Ga. 4:29; 2 Ti. 3:12; Juan 3:13-14). ¿Hay alguien que te odie? Este
es un sermón de salvación, santidad y la relación entre ambas.
La sal y la luz
En los próximos versos, Jesús continuó describiendo a
sus seguidores auténticos, los bienaventurados, comparándolos con la sal y la
luz. Ambas tienen ciertas características claras. La sal sirve para salar y la
luz brilla. Si la sal no sala, no es sal. Si la luz no brilla, no es luz.
Vosotros
sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada?
No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres.
Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte nos se puede
esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el
candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz
delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a
vuestro Padre que está en los cielos (Mt. 5:13-16).
En el tiempo de Jesús, la sal se usaba primordialmente
como preservante de carnes. Como seguidores obedientes de Jesús, nosotros somos
los que preservamos este mundo para que no se eche a perder y se corrompa por
completo. Pero si nos comportamos como el resto del mundo, no servimos para
nada. Jesús advirtió a los bienaventurados a permanecer salados, preservando
así sus características tan únicas. Deben permanecer diferentes al resto del
mundo, o de lo contrario podrían llegar a ser “insípidos”, merecedores de ser
“echados fuera y hollados”. Esta es una clara advertencia encontrada en el
Nuevo Testamento en contra del peligro de caer dirigida a verdaderos creyentes.
Si la sal es verdadera sal, es salada. Del mismo modo, los seguidores de Jesús
actúan como tales, de otro modo, no son seguidores de Jesús, aunque antes lo
hayan sido.
Los verdaderos creyentes en Cristo son también la luz
del mundo. La luz siempre brilla. Si no
brilla, no es luz. En esta analogía, la luz representa nuestras buenas obras
(ver Mt. 5:16). Cristo indicó a sus seguidores que debían hacer buenas obras
para que otros las vieran. Así podrían glorificar a su Padre celestial pues Él
es la fuente de sus buenas obras.
Véase que Jesús no dijo que debíamos crear la luz, sino que debíamos dejar
que la luz que está en nosotros brille para que otros la vean. Él no estaba
exhortando a aquellos que no tienen buenas obras para que realicen algunas,
sino exhortando a aquellos que tienen buenas obras para que no escondan la
bondad de éstas. Los seguidores de Cristo son la luz del mundo. Son bienaventurados, por la
gracia de Dios, para ser luz en la oscuridad.
La importancia de guardar los mandamientos de Dios
Ahora iniciamos un nuevo párrafo. Aquí, Jesús empezó a
hablar acerca de la Ley y su relación con sus seguidores:
No
penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para
abrogar, sino para cumplir. Porque de cierto os digo que hasta que pasen el
cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se
haya cumplido. De manera que cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos
muy pequeños y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino
de los cielos; mas cualquiera que los haga y los enseñe, éste será llamado
grande en el reino de los cielos. Porque os digo que si vuestra justicia no
fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los
cielos (Mt. 5:17-20).
Si Jesús advirtió a su audiencia en contra de la idea
de que Él aboliría la ley o los profetas, entonces con seguridad podemos
concluir que por lo menos algunos de sus oyentes estaban pensando eso. El
porqué estaban asumiendo eso, sólo podemos adivinarlo. Tal vez se debió a sus
serias reprensiones contra los escribas legalistas y fariseos que tentaban a
algunos a pensar que estaba aboliendo la ley y los profetas.
Sin importar cuál era la situación, Jesús claramente
quería que todos, entonces y ahora, se dieran cuenta del error de tal
suposición. Él era Dios, el divino inspirador de todo el Viejo Testamento, así
que no iba a abolir todo lo que había dicho a través de Moisés y los profetas.
Al contrario, cumpliría la ley y los profetas.
Exactamente ¿cómo podría él cumplir la ley y los
profetas? Algunos piensan que Jesús hablaba sólo del cumplimiento de las predicciones
mesiánicas. Aunque Jesús ciertamente cumplió (o aún lo hará) cada predicción
mesiánica, eso no es totalmente lo que tenía en mente. Claramente, el contexto
indica que hablaba de todo
lo que
estaba escrito en la ley y los profetas. “Ni una jota ni una tilde” (v. 18)
pasaría de la ley y hasta el “mandamiento más pequeño” fue
guardado (v. 19).
Otros suponen que Jesús quiso decir que cumpliría la
ley al completar sus requisitos en nuestro lugar a través de su vida obediente
y su muerte sacrificial. Pero esto, como también lo revela el contexto, no era
lo que Él tenía en mente. En los versos siguientes, Jesús no menciona nada
acerca de su vida o muerte como puntos de referencia para el cumplimiento de la
ley. Más bien, en la siguiente oración, dice que la ley será válida al menos
hasta que “el cielo y la tierra pasen” y “todo se haya cumplido”. Luego declara
que la actitud de las personas hacia la ley afectará incluso su estatus en el
cielo (v. 19), y que la gente debe obedecer la ley de una mejor manera que los
escribas y fariseos, o no entrarán en el cielo (v. 20).
Definitivamente, además de cumplir las profecías
mesiánicas y los tipos de sombras de la ley, Jesús también estaba pensando en que la gente guardara los mandamientos de
la ley e hiciera lo que los profetas
dijeron. En un sentido, Jesús cumpliría la ley al revelar la verdadera y
original intención divina dentro de ésta, aprobándola y explicándola a la
perfección y completando lo que faltaba en el entendimiento de ésta.[2]
La palabra griega que se traduce como cumplir en el verso 17 es también traducida en el Nuevo Testamento
como completar, terminar, y llevar a cabo a plenitud. Eso era lo que Jesús estaba a
punto de hacer, en un texto posterior (cuatro oraciones después).
No, Jesús no vino a abolir la ley, sino a cumplirla.
En cuanto a los mandamientos encontrados en la ley y los profetas, Jesús no
pudo haber sido más claro. Él esperaba que todos los cumplieran. Eran tan
importantes como siempre. De hecho, la manera en que una persona estime los
mandamientos determinará cómo es estimada en el cielo “De manera que cualquiera
que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los
hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos; mas cualquiera que
lo haga y los enseñe, este será llamado grande en el reino de los cielos”
(5:19).[3] Luego pasamos al versículo 20: “Porque
os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y
fariseos, no entraréis en el reino de los cielos”.
Vemos que ésta no es una idea nueva, sino una
declaración final conectada con versículos previos por la conjunción porque. ¿Qué tan importante es guardar
los mandamientos? ¡Se
deben guardar mejor que los escribas y fariseos para entrar al reino de los
cielos!
De nuevo vemos que éste es un sermón de salvación y santidad y cómo se
relacionan ambas.
¿De qué tipo de justicia hablaba Jesús?
Cuando Jesús dijo que nuestra justicia debía ser mayor
que la de los escribas y fariseos, ¿acaso no estaba aludiendo a la justicia legal
que sería imputada para nosotros como un regalo? No, no era así, por lo menos
por dos buenas razones. En primer lugar, el contexto no encaja con esta
interpretación. Antes y después de esta declaración (y a lo largo de todo el
Sermón del Monte), Jesús hablaba de guardar los mandamientos, esto es, vivir
justamente. La interpretación más natural de sus palabras es que debemos vivir
más justamente que los escribas y fariseos.
En segundo lugar, si Jesús hablaba acerca de los
imputados, la justicia legal que recibimos como regalo por creer en Él, ¿por
qué entonces no lo señaló así? ¿Por qué diría algo que sería tan fácilmente
malentendido por los campesinos mal educados a quienes se dirigía, quienes
nunca hubieran adivinado que hablaba de justicia imputada?
Nuestro problema es que no queremos aceptar el claro
significado del versículo, porque nos suena a legalismo. Pero nuestro problema
real es que no entendemos la correlación inseparable entre justicia imputada y
justicia práctica. Sin embargo, el apóstol Juan si la entendió. Él escribió:
“Hijitos, nadie os engañe; el que hace justicia es justo” (1 Jn. 3:7). Ni
tampoco parecemos entender la correlación entre el nuevo nacimiento y la
justicia práctica como lo hizo Juan: “todo el que hace justicia es nacido de
él” (1 Jn. 2:29).
Jesús pudo haber añadido a su declaración del 5:20, “Y
si ustedes se arrepienten, nacen verdaderamente de nuevo y reciben a través de
una fe viva mi regalo de justicia, su justicia práctica ciertamente será mayor
que la de los escribas y fariseos, entretanto que ustedes cooperan con el poder
de mi Santo Espíritu que obra dentro de ustedes.
La justicia de los escribas y fariseos
La otra pregunta importante que naturalmente surge a
raíz de la declaración de Jesús en el 5:20 es esta: ¿Qué tan justos
(prácticamente hablando) eran los escribas y fariseos? La respuesta es, no mucho.
En otro tiempo, Jesús se refirió a ellos como
“sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas
por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia” (Mt. 23:27).
Esto es, aparentaban ser justos en su exterior, mas eran malvados en su
interior. Hacían un noble trabajo para cumplir la letra de la ley, pero
ignoraban el espíritu de ésta, a menudo excusándose por alterar o torcer los
mandatos divinos.
Esta falla intrínseca en los escribas y fariseos, de
hecho, era el foco principal de Jesús en mucho de lo que resta del Sermón del
Monte. Vemos que citó un cierto número de los mandatos divinos bien conocidos,
y luego de cada cita, revelaba la diferencia entre la letra y el espíritu de
cada ley. Al hacer esto, repetidamente expuso la hipocresía de los escribas y
fariseos, y revelaba sus verdaderas expectativas para sus discípulos.
Jesús inició cada ejemplo con las palabras, “oísteis
que fue dicho”. Él hablaba a gente que quizá nunca había leído, sino sólo oído,
los rollos del Viejo Testamento leídos por los escribas y fariseos en las
sinagogas. Se puede decir que su audiencia había estado sentada escuchando doctrina
falsa toda su vida, cuando oían a los escribas y fariseos comentar la palabra
de Dios y, a la vez, observaban sus estilos de vida tan faltos de santidad.
El sexto mandamiento es el tema de su primer ejemplo:
Oísteis
que fue dicho a los antiguos: No matarás, y cualquiera que matare será culpable
de juicio. Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será
culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable
ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno
de fuego. Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu
hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda,
reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda.
Ponte de acuerdo con tu adversario pronto, entre tanto que estás con él en el
camino, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil, y
seas echado en la cárcel. De cierto te digo que no saldrás de allí hasta que
pagues el último cuadrante (Mt. 5:21-26).
Los escribas y fariseos se enorgullecían de no ser
asesinos. O sea, en realidad nunca mataron a nadie. En sus mentes, cumplían con
el sexto mandamiento. Sin embargo, les hubiera encantado matar si no fuera prohibido, como lo revela el
hecho de que hacían todo excepto
asesinar
a aquellos que odiaban. Jesús señaló algunas de sus conductas asesinas. De sus
bocas salían palabras odiosas de desprecio contra aquellos con quienes estaban
enojados. Estaban amargados en su interior, sin perdón ni deseo de
reconciliación, involucrados en demandas, demandando o siendo demandados por
sus acciones asesinas y egoístas.[4]
Los escribas y los fariseos eran asesinos de corazón que únicamente se cuidaban
de no cometer el hecho físico.
La persona verdaderamente justa, sin embargo, es muy
diferente. Sus estándares son más altos. Sabe que Dios espera que ame a su
hermano, y si su relación con su hermano no está bien, su relación con Dios no
está bien. No practicará las rutinas de su religión, pretendiendo amar a Dios
si odia a un hermano (ver Mt. 5:23-24). Como el apóstol Juan escribió más
tarde, “Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a
Dios a quien no ha visto?” (1 Jn. 4:20).
Los escribas y fariseos pensaban que sólo por el acto
mismo del asesinato podrían incurrir en culpa. Pero Jesús advirtió que la actitud de un asesino le hace merecedor
del infierno. ¿Cuántos cristianos profesantes no se diferencian en nada de los
escribas y fariseos, llenos de odio en vez de amor? Los cristianos genuinos son
bienaventurados de Dios al grado de que Él pone su amor en ellos, haciéndoles
amorosos (ver Ro. 5:5), todo por su gracia.
La definición de Dios del adulterio
El sétimo mandamiento era el tema del segundo ejemplo
de Jesús acerca de cómo los escribas y fariseos guardaban la letra en tanto que
desatendían el espíritu de la ley:
Oísteis
que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira
a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón. Por tanto, si
tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es
que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al
infierno. Y si tu mano derecha te es ocasión de caer, córtala, y échala de ti; pues
mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea
echado al infierno (Mt. 5:27-30).
Primero, observe una vez más que éste es un sermón de
salvación y santidad, y la relación entre ambas. Jesús advirtió acerca del
infierno, y lo que se debe hacer para mantenerse lejos de éste.
Los escribas y fariseos no podían ignorar el sétimo
mandamiento, así que lo cumplían externamente, permaneciendo fieles a sus
esposas. Pero fantaseaban acerca de hacer el amor con otras mujeres. Mentalmente
desvestían a las mujeres que miraban en el mercado. Eran adúlteros de corazón,
y así transgredían el espíritu del sétimo mandamiento. ¿Cuántos cristianos
profesantes no se diferencian de ellos?
Dios, por supuesto, desea que su pueblo sea completamente
puro en lo sexual. Naturalmente, como ya se ha discutido antes en este libro,
es pecado tener una relación sexual con la mujer de su vecino, y es igualmente
pecaminoso soñar con tener una relación sexual con ella.
¿Había entre la audiencia de Jesús algunas personas
contritas en su espíritu? Probablemente sí. ¿Qué debían hacer? Debían
arrepentirse inmediatamente como Jesús lo dijo. Cualquiera que fuera el costo,
aquellos lujuriosos no debían sentir más lujuria, pues los lujuriosos no van al
cielo.
Por supuesto, ninguna persona razonable piensa que
Jesús quiso decir que los lujuriosos debían sacarse el ojo o cortar su mano.
Una persona lujuriosa que se saca un ojo sólo se convertiría en un lujurioso
con un solo ojo. Jesús hablaba en forma solemne y dramática de la importancia
de obedecer el espíritu del sétimo mandamiento. La eternidad dependía de ello.
¿Está arrepentido? Entonces
“corte” con aquello que es la causa de su caída. Si es la televisión por
cable, desconéctala. Si es la
televisión regular, entonces deshágase de su televisor. Si es algo que ve
cuando va a cierto lugar, no vaya más ahí. Si es una suscripción de una
revista, cancélela. Si es la Internet, ¡sálgase de la línea! Nada de esto vale
la pena si va a pasar su eternidad en el infierno.
El punto de vista de Dios
sobre el divorcio
El siguiente ejemplo de Jesús
está muy relacionado con el que acabamos de considerar, por lo cual
probablemente se menciona seguido. Se debe considerar como una elaboración del
punto anterior y no como un tema nuevo. El tema es, “Otra cosa que se hace y
que es equivalente al adulterio”:
También
fue dicho: Cualquiera que repudie a su mujer, dele carta de divorcio. Pero yo
os digo que el que repudie a su mujer, a no ser por causa de fornicación, hace
que ella adultere; y el que se casa con la repudiada, comete adulterio (Mt.
5:31-32).
Aquí tenemos otro ejemplo de cómo
los escribas y fariseos guardaban la letra de la ley en tanto que rechazaban el
espíritu de ésta.
Pensemos en un fariseo imaginario
de los días de Jesús. Al frente de su casa vive una mujer muy atractiva que él
desea. Él coquetea con ella cada día cuando la ve. Ella parece que también le
corresponde, y su deseo por ella crece. A él le encantaría verla desnuda, y se
la imagina regularmente en sus fantasías. ¡OH, si pudiera tenerla!
Pero él tiene un problema. Es
casado y ella también lo es, y su religión prohíbe el adulterio. Él no desea
romper el sétimo mandamiento (aunque en realidad ya lo ha roto cada vez que se
comporta lujuriosamente). ¿Qué puede hacer?
¡Hay una solución! Si ambos se
pudieran divorciar de sus actuales cónyuges, ¡él podría casarse con la amante
de sus sueños! Pero, ¿es correcto obtener un divorcio? ¡Sí! Hay una escritura
al respecto. Deuteronomio 24:1 habla acerca de darle a la esposa una carta de
divorcio. El divorcio debe ser legal en ciertas circunstancias. Pero, ¿cuáles
son esas circunstancias? Él lee con cuidado lo que Dios dice:
Cuando
alguno tomare mujer y se casare con ella, si no le agradare por haber hallado
en ella alguna cosa indecente, le escribirá carta de divorcio, y se la
entregará en su mano, y la despedirá de su casa (Dt. 24:1).
¡Ajá! Él puede divorciarse de su
mujer si encuentra algo indecente en ella. Bien, pues ya lo encontró. ¡Su mujer
no es tan atractiva como la vecina del frente![5]
Entonces se divorcia de su mujer
dentro del marco de la ley entregándole la carta de repudio (por cierto, se
puede recoger una copia de la carta de repudio en el lobby de la oficina local
del club de los fariseos), y rápidamente se casa con la mujer de sus fantasías,
pues ella también se ha divorciado legalmente. Todo ocurre sin que sientan ni
una onza de culpa pues los hechos se han dado dentro del marco de la ley
divina.
Pero, por supuesto, Dios ve las cosas
de otro modo. La “indecencia” de la cual Él hablaba en Deuteronomio 24:1-4 para
un divorcio legal era algo muy inmoral, probablemente algo muy cercano al
adulterio.[6]
Es decir, un hombre podía divorciarse de su mujer si descubría que había sido
promiscua antes o durante el matrimonio.
En la mente de Dios, el hombre
imaginario que acabo de describir no se diferencia de un adúltero. Ha violado
el sétimo mandamiento. De hecho, es más culpable que el adúltero promedio, pues
es culpable de “doble adulterio”. ¿Qué les parece eso? Primero, ha cometido
adulterio. Jesús luego dijo, “Y yo os digo que cualquiera que repudia a su
mujer, salvo por causa de fornicación, y se casa con otra, adultera; y el que
se casa con la repudiada, adultera” (Mt. 19:9).
En segundo lugar, porque la mujer
que ha repudiado debe buscar a otro marido para sobrevivir, en la mente de Dios
el fariseo ha hecho el equivalente a forzar a su esposa a tener sexo con otro
hombre. Es así como él acarrea la culpa del “adulterio” de ella.[7]
Jesús dijo, “Pero yo os digo que el que repudia a su mujer, a no ser por causa
de fornicación, hace que ella adultere”
(Mt. 5:32, énfasis del autor).
Jesús podría aun estar acusando a
nuestro fariseo imaginario de “adulterio triple” si su declaración, “y el que
se casa con la repudiada adultera” (Mt. 5:32), significa que Dios acusa al
fariseo del “adulterio” del nuevo esposo de su anterior mujer.[8]
Éste era un asunto fuerte en los
días de Jesús, como leemos en otro lugar en donde algunos fariseos le preguntaban,
“¿Es lícito al hombre repudiar a su mujer por cualquier causa?” (Mt. 19:3). Su
pregunta revela lo que hay dentro de sus corazones. Definitivamente, por lo
menos algunos de ellos querían creer que cualquier cosa era causa legal de
divorcio. Debo agregar qué doloroso es cuando los cristianos toman estas mismas
escrituras acerca del divorcio, las malinterpretan, y colocan pesadas trabas en
los hijos de Dios. Jesús no hablaba de los cristianos que se divorciaron cuando
aún eran pecadores, y que encuentran una compañera potencialmente maravillosa y
que ama al Señor Jesús, y se casa con ella. Eso ni siquiera se acerca al
concepto de adulterio. Y si eso fuera lo que Jesús quiso decir, tendríamos que
cambiar el evangelio, pues no proveería perdón para todos los pecados de los
transgresores. De ahora en adelante tendríamos que predicar, “Jesús murió por
ti, y si te arrepientes y crees en Él, puedes obtener perdón de todos tus
pecados. Sin embargo, si eres divorciado,
asegúrate de no volver a casarte o de lo contrario estarías viviendo en
adulterio, y la Biblia dice que los adúlteros irán al infierno. Además, si
usted es divorciado y se ha casado de nuevo, antes de venir a Cristo debe
cometer otro pecado y divorciarse de su actual cónyuge. Si no es así, usted continuaría
viviendo en adulterio, y los adúlteros no van al cielo”.[9]
¿Es ese el mensaje del evangelio?
La cualidad de ser veraz
El tercer ejemplo de Jesús de la
conducta inapropiada y de la aplicación equivocada de la Escritura que hacían
los fariseos se relaciona con el mandamiento de Dios de decir la verdad. Los
escribas y fariseos habían inventado una manera muy creativa de mentir.
Aprendemos en Mateo 23:16-22 que ellos no creían necesario guardar sus votos si
juraban por el templo, el altar, o el cielo. Sin embargo, si juraban por el oro del templo, la ofrenda sobre el altar, o por Dios en el cielo, estaban obligados a guardar su voto. Es
un adulto equivalente a un niño estadounidense que piensa que está exento de
decir la verdad en tanto que sus dedos estén cruzados.
Este aspecto de la hipocresía es
lo que sigue en el sermón más famoso de Jesús:
Además
habéis oído que fue dicho a los antiguos: No perjurarás, sino cumplirás al
Señor tus juramentos. Pero yo os digo: No juréis en ninguna manera; ni por el
cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el estrado de
sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey. Ni por tu cabeza
jurarás, porque no puedes hacer blanco o negro un solo cabello. Pero sea
vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede
(Mt. 5:33-37).
El mandamiento original de Dios concerniente a los
votos no decía nada de jurar por ninguna cosa. Dios sólo quería que su gente
guardara su palabra. Cuando las personas tienen que hacer un juramento para
convencer a otros a que crean en ellos, admiten algo abiertamente y a menudo
mienten. Nuestra palabra debería ser buena, sin necesidad de juramentos.
¿Supera su justicia en esta área a aquella de los escribas y fariseos?
El pecado de la venganza
El siguiente aspecto en la lista de faltas que hizo
Jesús era una distorsión farisaica de un versículo en el Viejo Testamento:
Oísteis
que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente. Pero yo os digo: No resistáis
al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha,
vuélvele también la otra; y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la
túnica, déjale también la capa; y a cualquiera que te obligue a llevar carga
por una milla, vé con él dos. Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti
prestado, no se lo rehúses (Mt. 5:38-42).
La ley de Moisés declaraba que cuando una persona era
encontrada culpable en la corte de herir a otra persona, su castigo debería ser
equivalente al daño causado. Si había sacado un diente a alguien, en igualdad y
justicia, su diente debería ser sacado. Este mandamiento fue dado para asegurar
que la justicia iba a brillar en las cortes en casos de ofensas mayores. Sin
embargo, una vez más, los escribas y fariseos lo habían distorsionado,
convirtiéndolo en un mandamiento que hacía de tomar venganza una obligación
santa. Aparentemente, habían adoptado una política de “cero tolerancia”,
buscando venganza por las más pequeñas ofensas.
Dios, no obstante, siempre ha esperado más de su
pueblo. La venganza es algo que Él prohíbe expresamente (ver Dt. 32:35). El
Viejo Testamento enseñaba que el pueblo de Dios debería mostrarse bondadoso con
sus enemigos (ver Ex. 23:4-5; Prov. 25:21-22). Jesús apoyó esta verdad al
decirnos que volviéramos la otra mejilla y que fuéramos una milla extra cuando
tratamos con gente mala. Cuando nos maltratan, Dios quiere que seamos
misericordiosos, retornando bien por mal.
Pero, ¿acaso Jesús espera que las personas tomen mucha
ventaja de nosotros, permitiéndoles arruinar nuestras vidas si así lo desean?
¿Está mal el llevar a un incrédulo a la corte, buscando justicia por un acto
ilegal cometido contra nosotros? No. Jesús no hablaba de obtener justicia por
ofensas mayores en la corte, sino acerca de obtener venganza por infracciones
ordinarias e insignificantes. Nótese que Jesús no dijo que deberíamos ofrecer
nuestro cuello para ser estrangulados a alguien que nos acaba de apuñalar la
espalda. Él no dijo que entregáramos nuestra casa a alguien que demanda nuestro
auto. Jesús simplemente nos estaba
diciendo que mostráramos tolerancia y misericordia en un alto grado cuando
diariamente encontramos ofensas insignificantes y los retos normales al tratar
con gente egoísta. El no espera que nosotros “vayamos cien millas extra”, sino
“ir la milla extra”. Él desea que seamos más amables de lo que la gente egoísta
espera, y ser espléndidos con nuestro dinero, dando generosamente y prestando.
Los fariseos y los escribas ni siquiera se acercaban a este estándar. ¿Sobrepasa
su justicia a la de ellos en esta área?
No puedo resistirme a preguntar, ¿Porqué tantos
cristianos profesantes se ofenden tan fácilmente? ¿Por qué se irritan tan
rápidamente por las ofensas que son diez veces más pequeñas que el recibir un
golpe en la mejilla? ¿Son estas personas salvas?
Amar a nuestros enemigos
Finalmente, Jesús señaló un
mandamiento más dado por Dios que los escribas y fariseos habían alterado para
acomodar sus odiosos corazones:
Oísteis
que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os
digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, y orad por los
que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está
en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover
sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa
tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? Y si saludáis a vuestros
hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen así también los gentiles? Sed
pues vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto
(Mt. 5:43-48).
En el Viejo Testamento, Dios había dicho, “ama a tu
enemigo” (Lv. 19:18), pero los escribas y fariseos habían asumido
convenientemente que si Dios quería que ellos amaran a su prójimo, Él sin duda
quiso decir que odiaran a sus enemigos. Era su obligación santa. De acuerdo con
Jesús, sin embargo, eso no fue lo que Dios quiso decir, y eso no fue lo que
dijo.
Jesús enseñaría luego en la historia del Buen
Samaritano que deberíamos considerar a toda persona como nuestro prójimo. Dios
quiere que amemos a todos, incluyendo a
nuestros enemigos. Ese es el estándar de Dios para sus hijos, un modelo por el
cual también Él vive. Él envía el sol y la lluvia que hacen crecer las cosechas
para los buenos y para los malos. Deberíamos seguir su ejemplo, mostrando
bondad para aquellos que no la merecen. Cuando lo hacemos, probamos que somos
“hijos de[nuestro] Padre que está en los cielos” (Mt. 5:45). Los auténticos
nacidos de nuevo actúan como su Padre.
El amor que Dios espera que mostremos a nuestros
enemigos no es una emoción o una aprobación de los actos malvados. Dios no
requiere de nosotros que tengamos sentimientos hermosos acerca de aquellos que
se nos oponen. Él no espera que digamos cosas que no son ciertas, que nuestros
enemigos en verdad son gente maravillosa. Pero sí espera que los amemos y que
tomemos acción voluntaria hacia ese fin, por lo menos saludándolos y orando por
ellos.
¿Y qué pasa con usted?
Ya usted se habrá dado cuenta que los escribas y
fariseos no eran personas muy correctas. Tenían algún grado de justicia
externa, pero, como muchos cristianos profesantes, eran odiosos, lujuriosos,
egoístas, vengativos, sin misericordia, avaros, mentirosos tergiversadores de
la Escritura. De acuerdo con Jesús, los verdaderos creyentes se caracterizan
por ser gentiles, hambrientos de justicia, misericordiosos, puros de corazón,
pacificadores, y perseguidos. Es así como esta parte del Sermón del Monte
debería llenarle de seguridad de que usted sí ha nacido de nuevo, o llenarlo de
terror porque usted se da cuenta de que no se diferencia en nada de aquellos a
quienes Jesús condenó. Si usted está en la primera categoría, sepa que aún hay
espacio para mejorar. La perfección es su objetivo porque es lo que Dios desea
de usted, como lo dijo Jesús (ver Mt. 5:48; ver también Fil. 3:12-14).
Si usted está en la segunda categoría, usted puede
arrepentirse y convertirse en un esclavo de Jesús creyendo en Él.
Instantáneamente experimentará que es trasladado a la primera categoría por
Dios y su gracia.
[1] Con sorpresa vemos que el siguiente verso en el libro de Santiago
es, “Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene
obras? ¿Podrá la fe salvarle? (Santiago 2:14).
[2] Esto sería cierto en lo que a menudo se señala como “la ley
ceremonial” al igual que “la ley moral”, aunque mucho de su mejor explicación
en cuanto a la ley ceremonial sería dado por su Santo Espíritu a los apóstoles
después de su resurrección. Ahora entendemos por qué no hay necesidad de
sacrificar animales bajo el nuevo pacto, pues Jesús es el Cordero de Dios. Ni
tampoco seguimos las leyes alimentarias del viejo pacto pues Jesús declaró que
todos los alimentos son limpios (ver Marcos 7:19). No necesitamos la
intercesión de un sumo sacerdote terrenal porque Jesús es ahora nuestro sumo
sacerdote, y así por el estilo. A diferencia de la ley ceremonial, sin embargo,
ninguna parte de la ley moral fue anulada o alterada por nada que Jesús hiciera
o dijera, antes o después de su resurrección. Más bien, Jesús apoyó e
interpretó la ley moral de Dios, como lo hicieron los apóstoles por la
inspiración del Espíritu luego de su resurrección.
[3] Aunque las palabras de Jesús aquí son una fuerte motivación a no
anular o a enseñar a otros a menospreciar algún mandamiento, incluyendo los más
pequeños, sus palabras también ofrecen esperanza de que la población del cielo
incluirá personas que han sido culpables precisamente de esto mismo.
[4] Es posible que Jesús estuviera insinuando que los escribas y
fariseos, tan acomodados en las cortes, necesitaban darse cuenta que iban camino
a la corte divina, y que estaban en franca desventaja al tener a Dios como “su
oponente en la ley”. Así que les amonestaba para que se pusieran de acuerdo con
su adversario fuera de la corte, o de lo contrario enfrentarían las
consecuencias eternas.
[5] Este no es un ejemplo improbable. De acuerdo con el Rabí Hillel,
quien tuvo la enseñanza más popular relacionada con el divorcio en los días de
Jesús, un hombre podía divorciarse de su mujer si encontraba a alguna más
atractiva, pues eso hacía que su esposa fuera “indecente” a sus ojos. El Rabí
Hillel también enseñaba que un hombre podía divorciarse de su mujer si ponía
demasiada sal en la comida, o si hablaba con otro hombre, o si no concebía un
hijo varón para él.
[6] Bajo el Viejo Pacto, aquellos que cometían adulterio eran
apedreados.
[7] Por supuesto, Dios no la culpa de su adulterio cuando ella vuelve a
casarse; pues ella fue la víctima del pecado de su marido. Obviamente, las
palabras de Jesús no cobran valor a menos que ella se vuelva a casar. De otro
modo, no hay manera de culparla de adulterio.
[8] De nuevo, Dios no responsabilizará al nuevo marido del adulterio.
Él está haciendo algo virtuoso, se casa y provee para una mujer divorciada. Sin
embargo, si un hombre alienta a una mujer a que se divorcie de su marido de
modo que él pueda casarse con ella, entonces sí sería culpable de adulterio, y
probablemente, ese es el pecado al
que Jesús se refería en este caso.
[9] Existen, por supuesto, otras situaciones que se pueden comentar.
Por ejemplo, la mujer cristiana cuyo marido no salvo se divorcia de ella lo
cual no la hace culpable de adulterio si ella se casa con un hombre cristiano.
|