Eres bienvenido a copiar, imprimir, distribuir o transmitir estos documentos de cualquier forma, mientras que los documentos no sean para la venta, no sean alterados y mantengan su significado original completo. © por David Servant
TRES
El “cristiano” avaro
Parada a su derecha está una
anciana coreana, las arrugas de muchos años duros surcan su rostro. A su
izquierda se encuentra de pie un hombre ruso de pequeña estatura. Su ropa usada
y callosas manos le hacen pensar que quizá era un agricultor o un trabajador de
fábrica.
Como cualquier otra persona en el
mar de gente que le rodea, aquellos dos silenciosamente fijan su mirada en una
plataforma levantada a la distancia. Desde su punto de vista, a cientos de
metros, parece tener por lo menos sesenta metros de alto. Brilla con un brillo
que no se ha visto nunca antes, como si fuera de oro, metida en un diamante
gigantesco. Solamente existe un mueble en el centro de la plataforma, el cual
es sin duda el trono de un rey. Las calladas multitudes miran maravilladas. Sin
duda, algo hermoso está a punto de suceder en aquel escenario surrealista.
Usted se atreve a quitar los ojos
de ese escenario por un instante y recorre la multitud a su alrededor. Hay más
gente de la que nunca haya visto antes, extendiéndose por muchos kilómetros a
la redonda. De hecho, se da cuenta de que no se puede ver el suelo en ninguna
dirección; aun el horizonte está saturado de personas lejanas bordeadas por un
cielo dorado que se extiende como un domo sobre ellas.
Usted estudia a aquellos que
están a su alrededor y se entera que son un caleidoscopio de todo tipo de
gente—blancos, rojos, morenos y negros. Algunos llevan puestos vestidos
enteros; otros llevan vestidos étnicos; algunos de ellos usan solamente unas
telas de lino. Lo único en común entre ellos es que están silenciosos, de pie,
transfigurados, mirando con fijeza el escenario y su trono dorado.
Su aparición
De pronto un sonido corta el
silencio. Un sonido profundo, resonante, poderoso y majestuoso se oye desde la
plataforma, un sonido como nunca antes se había escuchado. Su crescendo es como
la mezcla de miles de sinfonías unidas a la caída de una gran catarata.
Un brillante arco iris
arquea sobre el escenario, y luego un Ser aparece, sentado en el trono. Su forma apenas se puede discernir,
pues su brillo es como el sol. Todos sienten su presencia, y cubriendo sus ojos
de Su gloria, un pensamiento colectivo cruza sus mentes. Él es puro—más puro que la fuente de agua más fresca o que
los cristalinos copos de nieve. Él es Santo. Nada se esconde a su vista. Los corazones se
aceleran.
El Ser brillante levanta sus
brazos, las manos juntas, y luego separa los brazos moviéndolos de un lado a
otro. Instantáneamente se siente un poder invisible que le levanta hasta que
usted siente que flota juntamente con muchos otros sobre las cabezas de algunos
que permanecen en su lugar. Juntos son separados por una fuerza irresistible
hacia la derecha, mientras observa que los otros son llevados hacia la
izquierda, y una vez separados los dos grupos, la fuerza invisible le vuelve a
poner sobre sus pies. Ni la mujer coreana ni el hombre ruso están con usted
ahora.
El gran Ser habla a la multitud
de la izquierda. Su voz no se oye, pero muy íntimamente, usted escucha su
incuestionable manera de hablar. Por supuesto, al ver el asombro en las caras
de aquellos a su alrededor, usted se entera de que cada uno escucha el mensaje
en su propia lengua:
Entonces dirá también a los de la izquierda:
Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus
ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me
disteis de beber; fui forastero, y no me recogisteis; estuve desnudo, y no me
cubristeis; enfermo, y en la cárcel, y no me visitasteis” (Mt. 25:41-43).
En un horror increíble, la
multitud, silenciosa hasta ese momento, colectivamente responde con una
cacofonía de preguntas: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, o sediento, o
forastero, o desnudo, o enfermo, o en prisión y no te servimos?” (Mt. 25:44).
“Por supuesto, ¡tu nunca estuviste en esas condiciones! ¡Tú eres el Señor! Te
vemos ahora brillando como el sol; si te hubiéramos visto antes, ¡lo
sabríamos! ¿Qué quieres decir con
que te vimos antes, hambriento, desnudo, enfermo, en prisión o sin hogar?”
El Señor responde: “Aquellos que
creyeron en mí en la tierra, uno fueron conmigo. Así que es obvio quiénes
fueron los que realmente creyeron en mí. Aquellos que lo hicieron amaron a mis
hermanos. Aquellos que no amaron a mis hermanos no me amaron ni creyeron en mí.
Y aquellos que amaron a mis hermanos demostraron su amor. Cuidaron a sus hermanos sufrientes e
hicieron lo posible por aliviar sus penas, con su propio dinero y tiempo. Se
negaron a sí mismos siguiéndome a mí verdaderamente. No hicieron esas cosas para
ganarse la salvación—lo hicieron porque habían sido transformados por Mi
gracia”.
“Yo les advertí sobre este juicio
y mi advertencia está registrada en el libro de Mateo, capítulo 25. No
atendieron a mi advertencia, y ahora es muy tarde. De cierto les digo, en
cuanto no lo hicieron a uno de estos mis hermanos más pequeños, no me lo
hicieron a mí. Apártense de mí al fuego eterno”.
La condenación
Sus palabras son terminantes. No
hay sentido en discutir. Parece imposible, pero ustedes han sido condenados.
Mientras una nueva fuerza gravitatoria le arrastra hacia abajo, muchas imágenes
cruzan su mente. Estas imágenes le dan una idea de lo que usted consideraba
como vida cristiana:
Cultos espirituales: cientos de ellos
Cenas en la iglesia
Almuerzos campestres en la iglesia
Prácticas corales en la iglesia
Reuniones de comités de la iglesia
Sermones y más sermones. ¿Qué
dijo el pastor acerca del juicio de Mateo 25? Ahora lo ve parado en el púlpito: “Este juicio de las ovejas y las
cabras no es un juicio que los cristianos tengan que enfrentar, sino que los
expertos en el texto bíblico afirman que es el juicio final de los
inconversos”.
¡Qué tontería! ¿Por qué no nos
dimos cuenta que había creyentes en la escena del juicio en Mateo 25? ¿Por qué
no nos dimos cuenta que la multitud en este juicio estaba constituida por
“todas las naciones”?
Otra escena pasa por su mente: Un
orador invitado por su iglesia un domingo hablando del mismo tema: “Este juicio
en Mateo 25 no es un juicio al que los cristianos tengan que temer. Es muy
probable que sea un juicio de varias naciones luego del periodo de la
tribulación. Aquellas naciones que mostraron bondad para con la nación de
Israel se les permitirá entrar al Milenio. Ellas están representadas por las
ovejas. Aquellas que durante la tribulación no mostraron bondad para con
Israel, las cabras, serán enviadas al infierno”.
Conforme usted desciende más
aceleradamente, otras imágenes cruzan su mente, cosas que consumieron todo su
tiempo, energía y dinero en la tierra, de modo que nunca tuvo tiempo, dinero o
energía para socorrer a los cristianos sufrientes. Ahora ve todas esas cosas
desde un punto de vista muy claro:
Televisión
Pasatiempos
Cuidado
de las mascotas
Vacaciones
Navidad.
Muchos juguetes nuevos
Actividades
deportivas
Dispositivos
electrónicos nuevos
Salidas
a cenar a los restaurantes
Compra
de más y más ropa
Navegación
en la Internet
Unos segundos más tarde se
encuentra ante las puertas del infierno. Un último pensamiento brota en su mente
dando vueltas antes de que todo el horror de su eterna pesadilla sobrecoja cada célula de su cerebro: ¿Y
el dinero que di a la iglesia, no contó para nada? Su conciencia, ahora libre de ser oprimida por
todas aquellas mentiras, habla claramente: La iglesia a la que ibas no
ayudaba a los cristianos sufrientes. La pequeña suma de dinero que pagabas sólo
servía para pagar la hipoteca, de modo que tuvieras un edificio para disfrutar
los cultos. Su dinero también sirvió para que pagaran los recibos, de modo que
pudiera estar caliente en el invierno y fresco en el verano durante los cultos.
Su dinero también sirvió para pagar los libros de Escuela Dominical para que
sus hijos tuvieran clases divertidas. Su dinero también sirvió para pagar los
salarios del pastor y de la administración, cuyo tiempo fue invertido en
actividades que mantuvieran feliz a la congregación. Su dinero, entonces, le
benefició a usted y usted no lo dio por amor a Dios sino por amor a usted
mismo. Y de hecho, usted dio menos dinero comparado con otros miembros de la
iglesia, sirviéndose así de la generosidad de ellos. Además, las pequeñas
cantidades que usted daba no requerían ningún sacrificio de su parte. Unas risas demoníacas hacen eco desde los cañones
llenos de humo más allá de las puertas del infierno.
En el año recién pasado, ¿A
cuántos cristianos alimentó usted? ¿A cuántos cristianos sedientos les dio
agua? ¿A cuántos hijos de Dios sin vivienda les ayudó a encontrar casa? ¿A
cuántos cristianos desnudos les suplió de ropa? ¿A cuántos seguidores de Cristo
enfermos o en prisión visitó? Si usted muriera en este momento y tuviera que
presentarse ante el juicio descrito en Mateo 25, ¿sería parte de las ovejas o
de las cabras? Estas pueden
constituirse en preguntas muy serias para aquellos cuyas vidas se parecen más a
las de las cabras que a las de las ovejas.
La verdad acerca del juicio de
las cabras y las ovejas
¿Se aplican a nosotros las
palabras de Jesús en Mateo 25:31-46? ¿O acaso describió Él un juicio del que
los cristianos están exentos?
Podemos empezar contestando estas
preguntas diciendo que en verdad habrá individuos salvos, cristianos creyentes,
que serán parte de ese juicio futuro. Nadie puede discutir inteligentemente que
las ovejas, aquellas a la derecha de Jesús, no son salvas o creyentes en
Cristo. Ellas “heredan el reino preparado para [ellas] desde la fundación del
mundo” (Mt. 25:34). A ellas se les llama “los justos” que reciben “vida eterna”
(Mt. 25:46).
La teoría de que la separación de
ovejas y cabras no es una separación de individuos, sino de naciones, basada en
cómo tratarán a Israel durante la tribulación, es en sí absurda al considerar
estos mismos hechos. Más aún, ¿Creeremos que después de dos capítulos de
advertencias desde los labios de Jesús que hablan sobre la responsabilidad de
los individuos, sus palabras de pronto aplican solamente a naciones
geopolíticas? Y ¿se trata acaso de advertirnos con tal que entendamos que
debemos pertenecer a una de esas naciones “oveja” si estamos vivos en la tierra
durante la tribulación? Y ¿debemos acaso creer que la nación en la cual
vivimos, sin importar nuestras acciones o actitudes acerca de Israel durante la
tribulación, es lo que va a determinar si recibiremos vida eterna o condenación
eterna?
También en contra de esta idea de
la separación de naciones geopolíticas, más bien que la separación de
individuos es el hecho de que la palabra naciones (25:32) no es una referencia a las naciones
geopolíticas del mundo, de las cuales en el presente hay más de doscientas. La
palabra griega, ethne, se
refiere a grupos étnicos, distintos entre sí por aspectos como su lengua,
cultura, localización geográfica y cosas semejantes, y de los cuales hay unos
diez mil en el mundo hoy día. Jesús dijo que “todas las naciones se juntarían ante Él” (Mt. 25:32,
énfasis del autor), indicando así que no habrá grupo étnico que no se encuentre
ante Él en este juicio. ¿Pensaremos acaso que va a separar grupos étnicos en
categorías de oveja y cabra, basado en cómo estos grupos trataron a Israel
durante la tribulación? ¿Acaso tomaría Jesús a todos los coreanos desde todas
las naciones en donde estos residen y les permitiría la entrada en el Milenio
si, por ejemplo, la mayoría de ellos hubiera sido amable con Israel durante la
tribulación? Cuanto más se considera esta teoría, más y más absurda se vuelve.
Una segunda teoría igualmente
débil
¿Es posible que los creyentes
mencionados en el juicio en Mateo 25 sean un grupo especial de cristianos, como
esos que serán salvos durante la tribulación? Tal vez, pero esa idea ni
siquiera es considerada por Jesús. ¿Basaría usted su salvación en algo que
Jesús no dijo?
Aun si suponemos que sólo un
cierto grupo de cristianos tribulacionales será parte del juicio en Mateo 25, ¿Existe alguna buena razón para
creer que estas personas serán juzgadas por criterios mayores o diferentes que
los aplicados a aquellos que en última instancia “heredarán el reino preparado
para [ellos] desde la fundación del mundo”
(Mt.
25:34)? No, no la hay, especialmente cuando tantas otras escrituras conllevan
el mismo significado en otras palabras. Por ejemplo, en la Primera Epístola de
San Juan hallamos un eco a las palabras encontradas en Mateo 25:31-46:
Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a
vida, en que amamos a los hermanos. El que no ama a su hermano, permanece en
muerte. En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros;
también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos. Pero el que
tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra
él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él? Hijitos míos, no amemos de
palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad. Y en esto conocemos que somos
de la verdad, y aseguraremos nuestros corazones delante de él (1 Jn. 3:14,
16-19).
El apóstol Juan no lo pudo haber
dicho más claramente, que los verdaderos cristianos, aquellos que han pasado de
muerte a vida, aman a sus hermanos cristianos en forma natural. Y el amor del
cual habla Juan no es un mero sentimiento, sino un amor verdadero expresado por
la acción, específicamente, al proveer para solventar las necesidades
esenciales de los pobres. Juan dijo que cuando expresamos nuestro amor para los
hermanos de esa manera, nos aseguramos que somos “de la verdad” (1 Jn. 3:19).
Si tenemos los medios para ayudar a un hermano que sabemos que está enfrentando
necesidades básicas críticas, pero nos negamos a ayudarle, el amor de Dios no
está en nosotros, y no tendremos la seguridad de haber pasado de muerte a vida.
Santiago y Juan el Bautista están
de acuerdo
Otras palabras que hacen eco a
Mateo 25:31-46 se encuentran en la epístola de Santiago. Él también hace un
equivalente del amor a los hermanos, expresado a través de proveer para las
necesidades materiales apremiantes, como una señal del amor auténtico y de
salvación:
Hermanos míos, ¿de qué aprovecha si alguno dice
que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle? Y si un hermano o una
hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y
alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais
las cosas que son necesarias para el cuerpo ¿de qué aprovecha? Así también la
fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma (Stg. 2:14-17).
De
acuerdo con Santiago, la fe sin obras no puede salvarnos. Y específicamente,
¿qué tipo de obras mencionó él para ilustrar este punto? El proveer alimento y
ropa para los hermanos pobres.
Un eco más a las palabras de
Mateo 25:31-46 se oye en la prédica de Juan el Bautista. Nadie argumenta que
Juan no estaba predicando un mensaje de arrepentimiento que llevara al perdón
de pecados, señalado por Lucas como “el evangelio” (ver Lucas 3:3, 18). Juan
advirtió a su audiencia que a menos que se arrepintieran y produjeran fruto, el
infierno sería su destino (ver Mt. 3:7-12, Lucas 3:7-17). De este modo se ve
que el mensaje de Juan debería considerarse como un mensaje de salvación.
Cuando las multitudes conmovidas
le preguntaron acerca de qué debían hacer específicamente para demostrar arrepentimiento,
Juan respondió, “el que tiene dos túnicas, dé al que no tiene; y el que tiene
qué comer, haga lo mismo (Lucas 3:11). Juan obviamente estaba llamando a las
personas al arrepentimiento de su egoísmo, egoísmo manifestado por su
ignorancia de las necesidades desesperadas de sus vecinos desnudos y con
hambre. Si éstos hubieran respondido diciendo, “tenemos fe en el Mesías de
quien dices que viene pronto, pero no tendremos compasión de los pobres que están cerca de nosotros”,
¿supone usted que Juan les hubiera dicho que podrían estar seguros de su
salvación?
El mensaje invariable de Jesús
Ecos adicionales a las palabras
en Mateo 25:31-46 se encuentran en otras enseñanzas de Jesús. El joven rico
(cuya historia se encuentra en tres de los cuatro evangelios) vino a Jesús
buscando vida eterna (ver Mt. 19:16). Jesús le dijo que guardara los
mandamientos y enumeró seis en particular, los cuales, según el joven rico,
había guardado desde su juventud. Entonces Jesús le dijo, “Aún te falta una
cosa: vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el
cielo; y ven, sígueme” (Lucas 18:22). Y esto, el joven rico no lo iba a hacer.
¿Estaba Jesús en verdad
diciéndole que para entrar al reino de los cielos él tenía que vender todas sus
posesiones y dar el dinero a los pobres? Aunque este hecho sea difícil de admitir para muchos, la respuesta es sí. Las siguientes palabras de Jesús, cuando vio al
joven retirarse tristemente, fueron, “¡Cuán difícilmente entrarán en el
reino de Dios los que tienen riquezas! Porque es más fácil
pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de
Dios (Lc. 18:24-25, énfasis del
autor). Jesús hablaba de entrar al cielo (ver también Mt. 19:23).
Por supuesto que las palabras de
Jesús tienen una aplicación, no únicamente para un joven rico que vivió hace
dos mil años, sino para todos los ricos que anhelan la vida eterna pero que no
desean arrepentirse de su codicia y egoísmo cuando se trata de los pobres.
Jesús dijo, “!Cuán difícilmente entrarán en el reino de Dios los que tienen
riquezas! (Lc. 18:24). No sería
“difícil” para ellos si no fuera un requisito el deshacerse de sus riquezas.
Pero como se niegan a amar a su prójimo como a ellos mismos y a compartir con
ellos sus posesiones, negándose así a arrepentirse y a someterse a Dios, no
pueden ser salvos. ¿No es este un eco fuerte de las palabras en Mateo 25:31-46?
El joven rico estará dentro del grupo de las cabras.
Debe notarse que la intención de
Jesús no es que la gente crea que puede ganar la vida eterna con sólo
deshacerse de sus riquezas materiales. La vida eterna únicamente se recibe
creyéndole a Jesús y siguiéndole. Esta condición era la que el joven rico no
cumplía. Las riquezas se interponían entre él y Jesús. Su dinero era su maestro,
como se evidenció con sus acciones, lo cual impedía que Jesús fuera su maestro.
El mismo Jesús lo dijo, “Ninguno puede servir a dos señores; porque o
aborrecerá al uno o amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro.
No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mt. 6:24).
Más ecos
¿Cuál es el claro mensaje de la
historia de Jesús sobre el hombre rico y Lázaro? Un hombre rico, sin compasión,
que ignoraba la patética situación de un hombre pobre sentado en el quicio de
su puerta, muere y se va al infierno (ver Lc. 16:19-31). Otra cabra.
¿Qué podemos decir de la parábola
del hombre rico encontrada en Lucas 12:16-21? En el prefacio Jesús da una
solemne advertencia, “Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del
hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee”(Lc. 12:15). Luego
relató la parábola:
La heredad de un hombre rico había producido
mucho. Y él pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré porque no tengo donde
guardar mis frutos? Y dijo: Esto haré: derribaré mis graneros, y los edificaré
mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes; y diré a mi alma: Alma,
muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe,
regocíjate. Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo
que has provisto, ¿de quién será? Así es el que hace para sí tesoro y no es
rico para con Dios.
Aunque Jesús no dijo que el
hombre hubiese ido al infierno, no es muy razonable concluir que este hombre
rico y egoísta fue al cielo. Dios le llamó necio, porque a su muerte, tenía muchas riquezas pero
era espiritualmente pobre. Jesús no condenó la prosperidad del hombre; de
hecho, Dios era un tanto responsable de las riquezas adquiridas por aquel
hombre—El permitió que hubiera un tiempo favorable lo cual provocó que hubiera
una buena cosecha. Jesús más bien estaba condenando lo que el hombre hizo con su prosperidad. En lugar de considerar qué
era lo que Dios deseaba que él hiciera con su abundancia, él sólo pensó en sí
mismo, retirarse de su trabajo y vivir el resto de su vida reposadamente. La
misma noche en que él tomó su decisión egoísta, murió. ¿Será él una cabra o una
oveja en el juicio de Mateo 25?
Jesús pronunció que la salvación
había llegado a la casa de Zaqueo luego de que éste declarara que hasta la
mitad de sus posesiones daría a los pobres, y que a aquellos a quienes él había
defraudado les devolvería cuadruplicado (ver Lucas 19:8-9). ¿Cómo hubiera
respondido Jesús si Zaqueo hubiera dicho, “Señor, te acepto como mi Señor y
Salvador, pero continuaré defraudando a la gente e ignoraré la mala situación
de los pobres?
Jesús, por supuesto, vivía lo que
predicaba. Obedeció la Ley completamente, por lo cual debe haberle dado a los
pobres toda su vida. En la Escritura encontramos que dio a los pobres durante
su ministerio (ver Juan 12:6; 13:29). Cuando Cristo viene a vivir en un
creyente, ¿es éste el mismo Cristo que da a los pobres? Por supuesto. Jesús
mismo dijo, “De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo
hago, él las hará también” (Juan 14-12).
Los primeros cristianos cuidaban
de los pobres
Mateo 25:31-46 hace eco a lo
largo del libro de los Hechos, en donde descubrimos que cuidar de los pobres
era una característica regular de la vida del Nuevo Testamento. Aparentemente
aquellos primeros creyentes tomaron muy en serio el mandato de Jesús a sus
seguidores, “Vended lo que poseéis, y dad limosna; haceos bolsas que no se
envejezcan, tesoro en los cielos que no se agote, donde ladrón no llega, ni
polilla destruye” (Lucas 12:33):
Todos los que habían creído estaban juntos, y
tenían en común todas las cosas; y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo
repartían a todos según la necesidad de cada uno. Y la multitud de los que
habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada
de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común, y abundante gracia
era sobre todos ellos. Así que no había entre ellos ningún necesitado; porque
todos los que poseían heredades o casas, las vendían, y traían el precio de lo
vendido, y lo ponían a los pies de los apóstoles; y se repartía a cada uno
según su necesidad (Hechos 2:44-45; 4:32-35).
Observe que Lucas menciona en el
pasaje que la gracia de Dios estaba sobre aquellos que compartían en la iglesia
primitiva. La misma gracia que salvó a aquellos primeros cristianos también les
transformó.
La Escritura es clara al indicar
que la iglesia primitiva alimentó y proveyó para las necesidades apremiantes de
las viudas pobres (Ver Hechos 6:1, 1 Ti. 5:3-10). ¿Era esto acaso para tratar
de ganar su salvación? No, era porque se habían arrepentido de la avaricia y
habían sido transformados por el Espíritu Santo.
Pablo, el apóstol más grande que
jamás haya existido, a quien Dios le confió la misión de llevar el evangelio a
los gentiles, autor humano de una gran mayoría de las cartas del Nuevo
Testamento, consideró que el proveer para las necesidades materiales de los
pobres era una parte esencial de su ministerio. Entre las iglesias que fundó,
Pablo recogió grandes sumas de dinero para los creyentes pobres (Ver Hechos
11:27-30; 24:17; Ro. 15:25-28; 1 Co. 16:1-4; 2 Co. 8-9; Ga. 2:10). Por lo menos
unos diecisiete años después de su conversión, Pablo viajó a Jerusalén para
someter el evangelio que había recibido al escrutinio de Pedro, Santiago y
Juan. Ninguno de ellos encontró nada malo con el mensaje que Pablo había
predicado. Pablo lo cuenta en su carta a los Gálatas. Veamos qué dice,
“Solamente nos pidieron que nos acordásemos de los pobres; lo cual también procuré
con diligencia hacer” (Ga. 2:10). En las mentes de Pedro, Juan y Pablo, el
mostrar compasión a los pobres estaba en segundo lugar después de la
proclamación del evangelio.
Enseñanzas de Pablo contra la
avaricia
Pablo también advirtió sobre la
avaricia usando términos bastante fuertes. Comparó la avaricia con la idolatría
(Ver Ef. 5:3-5 y Col. 3:5), y enfáticamente declaró que los avaros no
heredarían el reino de Dios:
Pero fornicación y toda inmundicia, o avaricia, ni
aun se nombre entre vosotros, como conviene a santos. Porque sabéis esto, que
ningún fornicario, o inmundo, o avaro [codicioso][1]
, que es idólatra, tiene
herencia en el reino de Cristo y de Dios. Nadie os engañe con palabras vanas, porque por estas cosas viene la
ira de Dios sobre los hijos de desobediencia (Ef. 5:3, 5-6, énfasis del autor;
ver también 1 Co. 5:11; 6:9-11).
¿Qué es avaricia? Es un deseo
egoísta por las posesiones y riquezas. Es posible tener un deseo no egoísta por
la riqueza material si la motivación primordial es compartir lo que se
adquiere. De hecho, no se puede bendecir a otros materialmente a menos que el
dador haya sido bendecido antes. Sin embargo, cuando una persona vive sólo para
acumular posesiones materiales para el placer personal—cuando esa búsqueda
llega a ser su prioridad más alta—es culpable de avaricia.
La adquisición egoísta del
dinero
La avaricia es una actitud del
corazón que no puede permanecer escondida. Siempre es manifiesta por lo que las
personas hacen para adquirir dinero y cosas materiales y por lo que hacen con
su dinero y cosas materiales una vez que las han adquirido. Consideremos
primero el lado adquisitivo de la avaricia. Cuando la adquisición de cosas
materiales es el principal objetivo en la vida, pobre o rica, esa persona está
pecando. Jesús advirtió aun a los creyentes pobres contra este pecado, personas
que estaban tentadas a preocuparse por sus necesidades básicas:
Ninguno puede servir a dos señores; porque o
aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro.
No podéis servir a Dios y a las riquezas. Por tanto os digo: No os afanéis por
vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo,
qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que
el vestido? Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en
graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más
que ellas? ¿Y quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir a su
estatura un codo? Y por el vestido, ¿por qué os afanáis? Considerad los lirios
del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan; pero os digo, que ni aun Salomón
con toda su gloria se vistió así como uno de ellos. Y si la hierba del campo
que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más
a vosotros, hombres de poca fe? No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos,
o qué beberemos, o qué vestiremos? Porque los gentiles buscan todas esas cosas.
Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os
serán añadidas (Mt. 6:24-33).
Note que Jesús inició esta
porción de su Sermón del Monte advirtiendo acerca de la imposibilidad de servir
a Dios y al dinero. Él consideró que la avaricia es igual a hacer del dinero
nuestro dios, o sea permitir que el dinero dirija nuestras vidas en vez de
Dios. Jesús advirtió a su audiencia acerca de no convertir la búsqueda de sus
necesidades básicas en un deseo consumidor. ¿Cuánto más ciertas son sus
palabras cuando se aplican a la búsqueda de cosas materiales no esenciales? La búsqueda por excelencia de los sinceros
seguidores de Cristo debería ser “Su reino y su justicia” (Mt. 6:33). Por
supuesto, los cristianos pueden y deben tener otros anhelos. Jesús no dijo,
“solamente busquen”, sino “busquen primero”.
El trabajo duro en sí mismo no es
una manifestación externa de la avaricia, pero puede llegar a serlo. Cuando una
persona trabaja largas horas con el fin de mantener cierto nivel de vida, y su
devoción a Cristo se ve afectada negativamente, esta persona ha permitido que
el dinero sea su dios. El viejo proverbio amonesta a aquellos que caen en esta
categoría: “No te afanes por hacerte rico; sé prudente y desiste. ¿Has de poner
tus ojos en las riquezas, siendo ningunas? Porque se harán alas como alas de
águila, y volarán al cielo” (Prov. 23:4-5).
El hacer dinero deshonestamente o
con poca ética siempre estará mal y no es sino otra manifestación de la
avaricia. La palabra de Dios dice, “El que aumenta sus riquezas con usura y
crecido interés, para aquel que se compadece de los pobres las aumenta” (Pr.
28:8).[2]
La Escritura alaba a aquel que
aumenta su riqueza por medios lícitos y que además da una porción de sus
ingresos (ver Pr. 13:11; 22:9). Del mismo modo, la Escritura condena la vagancia
y la indolencia por varias razones, una de ellas es que la persona que no tiene
ingresos no tiene nada que compartir con aquellos que están en necesidad (ver
Ef. 4:28). Cuando el objetivo de hacer dinero es compartirlo, el hacer dinero
es virtuoso.
El uso egoísta del dinero
Ahora consideremos cómo la
avaricia se manifiesta una vez que se adquiere el dinero. En este caso, la
avaricia es el uso egoísta del dinero. ¿Por qué es moralmente inaceptable
gastar en usted todo el dinero que ganó legítimamente? ¿Tendrá algo que ver con
el hecho de que otros, incluyendo muchos de los hijos de Dios, que trabajan
tanto como usted o más (o que no pueden trabajar), luchan sólo para sobrevivir,
careciendo de lo más básico tal como alimentos suficientes? ¿Es moralmente
correcto que una persona viva entre lujos mientras otros van a dormir con
hambre cada noche sin que sean culpables por ello?
Existe, por supuesto, una miríada
de excusas para no hacer nada para auxiliar a los pobres, creyentes o no
creyentes, pero los cristianos bien alimentados no encontrarán esparcimiento en
la Biblia. Aunque nadie puede en forma correcta inventar reglas arbitrarias
relacionadas con cuánto dinero debería darse y cuánto debería dejarse, el
consenso de la Escritura es claro: Dios espera que los cristianos que son
capaces de dar a los pobres hagan exactamente eso, muy especialmente a los
hermanos creyentes (ver Ga. 6:10). Es probable que los cristianos profesantes
que no demuestran interés en dar a los pobres sean cristianos falsos, y esto
incluye muchos de los cristianos modernos que han comprado la mentira de una
cristiandad acostumbrada a la conveniencia egoísta.
De acuerdo a una encuesta de
Gallup, únicamente el 25% de los cristianos estadounidenses evangélicos
diezman. Cuarenta por ciento dicen que Dios es lo más importante en sus vidas,
pero aquellos que hacen entre $50 a 75,000 (dólares) por año dan un promedio de
1.5 por ciento de su ingreso a obras de caridad, incluyendo obras de tipo
religioso. Mientras que gastan un promedio del 12% de sus ingresos en
entretenimiento.[3]
La avaricia no se expresa
solamente a través de lo que hagamos con nuestro dinero, sino también de lo que
hagamos con nuestro tiempo. Si gastamos todo nuestro tiempo en una búsqueda
egoísta de placeres, estamos siendo avaros. El tiempo que Dios nos ha dado en
esta tierra es una encomienda sagrada. Debemos usar tanto tiempo como sea
posible en el servicio a Dios. Todos nosotros, no sólo los pastores, debemos
obedecer el mandato de Jesús de visitar a los creyentes enfermos o en prisión.
Justificaciones de la avaricia
Como todo pecado, la avaricia
tiene sus excusas. Una es que debido a que la mayoría paga sus impuestos, y
como es sabido, una porción de ese dinero va a los pobres, eso nos absuelve de cualquier
responsabilidad individual de ayudarles.
Gracias a Dios que algunos
gobiernos sienten algún grado de responsabilidad por ayudar a los pobres. Sin
embargo, Dios no está realmente de acuerdo con todo lo que el gobierno da a los
pobres. De acuerdo a la palabra de Dios, la gente pobre que puede trabajar y se
rehúsa a hacerlo no debería recibir ayuda: “Si alguno no quiere trabajar,
tampoco coma”(2 Ts. 3:10). Más aún, aquellos que son pobres por motivo del
pecado en que viven deben primeramente arrepentirse de su condición antes de
recibir cualquier ayuda. Los gobiernos no deberían dar incentivos económicos
para alentar la vagancia, la irresponsabilidad o la conducta inmoral de la
gente. A diferencia del gobierno, nuestro dar debe ser inteligente, siempre con
el propósito claro de edificar el reino de Dios. Cuando ayudamos al pobre no
creyente, también debemos compartir el evangelio con él. Esto no lo hace ningún
gobierno.
Además, la mayoría de los
gobiernos hacen muy poco o nada para ayudar a cristianos pobres en otros
países, y nosotros tenemos una responsabilidad con nuestra familia en el mundo,
no sólo con aquellos dentro de las fronteras geográficas de nuestra nación.
¿Qué tan pobres somos?
Otra excusa para nuestra avaricia
es que muchos de nosotros en los Estados Unidos creemos que somos pobres; por
lo cual pensamos que no se espera que ayudemos a los pobres. Pero, ¿qué tan
pobres somos? 1.300 millones de personas en el mundo viven con un ingreso de
menos de un dólar por día. Otros 2.000 millones de personas viven con menos de
dos dólares al día (con esto acabo de describir la situación de más de la mitad
de la población mundial).
De acuerdo con las estadísticas
de las Naciones Unidas, 1.450 millones de personas no tienen acceso a los servicios
de salud; 1.330 millones no tienen acceso a agua pura; 2.250 millones no tienen
acceso a condiciones sanitarias de vida. Desde que usted inició su lectura de
este capítulo, más de quinientos niños han muerto de hambre o de enfermedades
que se pueden prevenir. Quinientas madres ahora lloran por un hijo que
perdieron en los últimos 25 minutos debido a la desnutrición o a una enfermedad
previsible. Si permanecemos indiferentes, ¿en qué nos diferenciamos de aquel
hombre rico que ignoró a Lázaro?
En su libro, Cristianos ricos
en una era de hambre
(originalmente publicado en inglés como: Rich Christians in an Age of Hunger), Ron Sider cita al ecónomo Robert Heilbroner,
quien “confeccionó una lista de los ‘lujos que tendríamos que abandonar si
tuviésemos que adoptar el estilo de vida de uno de los 1.300 millones de
vecinos que viven en la pobreza extrema’ ”:
Empezamos invadiendo la casa de una familia estadounidense para quitarle
sus muebles. Todo se va: camas, sillas, mesas, televisor, lámparas. Les
dejaremos unos pocos cobertores, una mesa de cocina, una silla de madera. Junto
con las cómodas se va también la ropa. Cada miembro de la familia puede guardar
en su “guardarropa” su vestido o traje más viejo. Permitiremos un par de
zapatos para el padre de familia, pero ninguno para la esposa o los niños.
Nos desplazamos hacia la cocina. Todos los electrodomésticos ya han sido
retirados, entonces nos dirigimos hacia los armarios de cocina... La caja de
fósforos se puede quedar, una pequeña bolsa de harina, algo de azúcar y sal.
Unas cuantas papas mohosas, que ya estaban en el basurero, deben rescatarse, ya
que serán el principal componente de la comida de esta noche. Dejaremos un
puñado de cebollas y un plato de frijoles secos. Todo lo demás nos lo llevamos:
la carne, los vegetales frescos, las latas, las galletas y los dulces.
Ya hemos vaciado la casa: el baño ha sido desmantelado, el agua potable
quitada, los cables eléctricos cortados. Luego nos llevamos la casa. La familia
puede pasarse a vivir al taller de herramientas...
Lo que sigue son las comunicaciones. No más periódicos, revistas,
libros—no es que se les eche de menos, ya que también debemos llevarnos la
condición de alfabetización de la familia. En lugar de todo esto, permitiremos
únicamente un radio en esta miserable casucha.
Ahora se deben ir los servicios de gobierno. No hay más cartero, ni
bombero. Sí hay una escuela la cual consiste de dos aulas y está a cuatro y
medio kilómetros de distancia... No hay, por supuesto, ni hospitales ni
doctores cerca. La clínica más cercana está a quince kilómetros de distancia y
está atendida por una comadrona. Se puede ir en bicicleta, suponiendo que la
familia tenga una, lo cual es improbable...
Finalmente, el dinero. Le permitiremos a nuestra familia conservar cinco
dólares. Esto evitará que el padre de familia sufra la tragedia que le
sobrevino a un campesino iraní, el cual se volvió ciego por no poder ganar 3.94
dólares, suma que él creyó debía ajustar para ser atendido en un hospital en donde
se le pudo haber curado.[4]
¿Qué cosas no podemos
adquirir?
Nuestra excusa de que no podemos
ayudar a los hermanos y hermanas en condición de pobreza extrema queda expuesta
como pura hipocresía por todo aquello que los estadounidenses promedio pueden
adquirir: televisión por cable mensual, teléfonos celulares, suscripciones a
revistas, alimento para mascotas, entretenimiento caro, pasatiempos y
vacaciones, carros nuevos, cenas afuera, la última moda en ropa, cigarros,
comida chatarra, los últimos dispositivos electrónicos, a la vez que montones
de regalos sin sentido para los cumpleaños y en navidad para nuestros niños.
Mire alrededor de su casa o apartamento y note todo lo que usted tiene que nadie en los Estados Unidos poseía hace un siglo. La gente
sobrevivió por miles de años sin esas mal llamadas “necesidades”, y la mayor
parte del mundo continúa viviendo sin ellas. Aun así, el ingreso de muchos
cristianos profesantes se consume al adquirir estas cosas. Todo este tiempo,
aquel a quien llamamos Señor grita, “No os hagáis tesoros en la tierra, donde
la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos
tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones
no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro allí estará también
vuestro corazón” (Mt. 6:19-21).
No sólo debemos tener lo que
nuestros vecinos tienen, sino que debemos tener lo que tienen ahora, entonces compramos esos artículos que se
deprecian pidiendo dinero prestado, lo cual resulta en que una buena parte de
nuestro ingreso se va en amortizar los intereses, y esto sucede porque a menudo
sólo queríamos satisfacer un deseo egoísta. ¿Aceptará Dios su excusa de que no
podían hacer nada para aliviar los sufrimientos de sus hijos empobrecidos?
Yo no estoy proclamando que para
ser cristiano se deba vivir en la miseria, o que es un pecado que los
cristianos gocen de la conveniencia moderna. Cuando se habla de bendiciones
materiales, la Escritura nos enseña que Dios “nos da todas las cosas en
abundancia para que las disfrutemos” (1 Ti. 6:17). Pero la Escritura también
dice que debemos compartir una porción de nuestro ingreso con los pobres. Dios
nos bendice, por lo menos en parte, para capacitarnos para dar a otros en
bendición.
“¿Pero qué bien puede hacer lo
poco que yo doy comparado con la realidad de las necesidades del mundo?”
Algunos ofrecen este argumento como excusa. La traducción de esta excusa es,
“Yo no puedo hacer todo, así que no haré nada”. La verdad es que puede dar un
poco y así ayudar en mucho a la vida de una persona. Si usted da dos dólares al
día, puede duplicar el ingreso de una persona de los 3.300 millones que viven
con menos de dos dólares diarios.
“¿No dijo Jesús que el mundo
siempre tendría a los pobres?” Dicen algunos. “Entonces cuál es el punto de
eliminar lo que Jesús dijo que siempre iba a permanecer? Sí, Jesús dijo,
“Siempre tendréis a los pobres con vosotros”, pero él también dijo, “y cuando
queráis les podréis hacer bien” (Mr. 14-7). Siempre tendremos la oportunidad de
demostrar el amor de Dios por los pobres, y Jesús siempre asumió que podríamos,
por lo menos en ocasiones, desear hacerles bien.
Algunos piensan que nuestra
responsabilidad es solamente asistir a los cristianos pobres, así podremos
tener nuestra conciencia tranquila ignorando la situación dura de los paganos
pobres. Aunque la Escritura enfatiza nuestra responsabilidad hacia los hermanos
creyentes, no nos limita a hacer el bien únicamente a los creyentes de nuestra
familia espiritual. Por ejemplo, Proverbios 25-21 nos dice, “Si el que te
aborrece tuviere hambre, dale de comer pan, y si tuviere sed, dale de beber
agua”.
Existen muchas otras excusas que
los cristianos hipócritas usan para justificar su egoísmo, pero ninguna de
ellas anula los claros mandamientos de Cristo y de las Escrituras.
¿Qué debemos hacer?
La única respuesta a cualquiera
de los mandamientos de Cristo que nosotros estemos transgrediendo es
arrepentirse. ¿Dónde empieza usted? Empiece por hacer un inventario espiritual.
Si ha vivido una vida caracterizada por la codicia, usted realmente no ha
nacido de nuevo. Arrepiéntase de todos los pecados conocidos en su vida y llame
al Señor en fe para que sea su Señor y Salvador y dueño absoluto. Lleve todo a
sus pies y sométase a Él como su esclavo.
Seguidamente, haga un inventario
financiero. ¿Tiene usted algún tipo de ingreso? Entonces usted debería estar
dando una porción de éste. El estándar más básico bajo la ley de Moisés era el
diezmo, lo cual implica dar una décima parte de su ingreso, y el diezmar es un
buen comienzo para cualquier cristiano que tiene un ingreso. Si usted decide
entregar el diezmo completo a su iglesia, asegúrese que su iglesia dé con
regularidad a los pobres. Si no es así, yo, en lo particular, no daría el diez
por ciento a mi iglesia.
¿No puede usted dar el diezmo de
su ingreso? Entonces algo tiene que cambiar. Usted debe aumentar su ingreso o
disminuir sus gastos. Normalmente, lo más lógico de hacer es disminuir los
gastos. De seguro requerirá algún grado de auto negación. Pero eso es lo que
cuesta seguir a Cristo (ver Mt. 16:24).
¿Cómo puede usted reducir sus
gastos? Haga una lista de todos los gastos que realizó el mes pasado. Luego
empiece a sacar de ahí los gastos no esenciales hasta que esos gastos
constituyan el diez por ciento de su ingreso. Hasta que sus ingresos no suban,
no gaste dinero en las cosas que borró de la lista. Ahora usted puede diezmar.
Eliminar las deudas
Si usted es como la mayoría de
los estadounidenses, usted ya tiene deudas considerables. Ahora, como un
creyente verdadero en Cristo Jesús, debe desear salir de deudas para tener más
dinero para dar. Empiece por eliminar las deudas con altos intereses como los
de las tarjetas de crédito. Hay cuatro maneras en que puede obtener dinero para
pagar sus deudas: (1) aumente su ingreso, (2) venda cosas que no son
esenciales, (3) saque su lista de gastos y redúzcala aun más eliminando aquello
que no es esencial y elimínelo de su presupuesto, y, (4) elimine ciertos gastos
economizando. Por ejemplo, puede bajar su termostato en invierno, agregue
cobijas en sus camas, y economice en recibos de electricidad. Si las personas
toman en serio estos consejos, pronto pueden eliminar su deuda de tarjetas de
crédito.
Si usted no puede controlar sus
gastos con tarjeta de crédito, (y si usted tiene deudas de tarjetas de crédito,
eso es una indicación de que usted no lo puede hacer), entonces elimine sus
tarjetas de crédito. (A esto se le llama cirugía plástica). Luego, trabaje para eliminar la deuda en
artículos que se deprecian. Usted puede hacer eso usando el ingreso que usted
usaba para pagar sus deudas por altos intereses. Una vez que usted ha pagado
sus deudas por artículos que se deprecian, economice e invierta el ingreso que
antes usaba para esos pagos, y de ahí en adelante compre los artículos que se
deprecian con dinero en efectivo. En otras palabras, si usted no puede pagar
algo con dinero en efectivo, no lo compre. Y no compre lo que no necesita.
Usando los mismos medios, trabaje
para eliminar toda deuda en artículos que no se deprecian. Finalmente, haga un
plan financiero para el resto de su vida. Con inteligencia y haciendo
escogencias sin egoísmo, le convertirá a usted en un dador que bendiga al
pobre. Hay muchas maneras en que nosotros podemos llevar vidas más simples, lo
que nos capacita para ser mejores dadores. Por ejemplo, aquellos que compran
autos usados toda su vida, pagando con dinero en efectivo en vez de comprar
autos nuevos a pagos, son capaces de dar mucho más dinero durante su vida
dependiendo de la edad de los autos que compra y por cuanto tiempo los
mantiene. Podemos tomar decisiones acerca de la casa, la ropa, el transporte,
las diversiones, las mascotas, los regalos, las vacaciones, los hábitos destructivos,
la comida y todo lo demás que nos pueda ayudar a economizar y así poder dar más
dinero a los necesitados.
Una palabra a los ricos
¿Qué sucede si usted, de acuerdo
a los estándares estadounidenses, es una persona rica que tiene exceso de
dinero ahorrado o invertido? ¿Debe darlo todo? Si usted está persuadido en su
corazón que Dios le ha dicho que haga tal cosa, entonces debe hacerlo. Sin
embargo, algunas veces los ingresos compartidos de capital invertido pueden ser
una mayor bendición que dar el capital. Por ejemplo, si usted tiene cien mil
dólares invertidos que le dan un 10% de ganancia, usted puede dar diez mil
dólares al año por el resto de su vida. Invertir una porción de su dinero extra
es una buena razón para cualquier cristiano que haya salido de deudas.[5]
Por supuesto, como un seguidor de Cristo, usted no debe invertir en nada que
sea desagradable a Dios.
Cada seguidor de Cristo,
especialmente aquellos que son ricos, deberían estar concientes de que Dios es
el que les da las riquezas (ver Dt. 8:18). Así que aquel que bendice tiene el
derecho de dirigir aquello que el bendecido debe hacer con la bendición.
Algunos verdaderos discípulos de Cristo han entregado todas su posesiones
materiales al señorío de Cristo. Jesús dijo, “Así, pues, cualquiera de vosotros
que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo” (Lc. 14:33).
Cada decisión financiera es una decisión espiritual para aquellos que se han
sometido verdaderamente a Jesús.
Aquellos que han sido bendecidos
abundantemente deberían ser muy generosos. Pablo le escribe a Timoteo,
A los ricos de este siglo manda que no sean
altivos, ni pongan la esperanza en las riquezas, las cuales son inciertas, sino
en el Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos.
Que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, generosos;
atesorando para sí buen fundamento para lo por venir, que echen mano de la
vida eterna (1 Ti. 6:17-19,
énfasis del autor).
Claramente,
Pablo creía que los ricos deberían poner su esperanza en “aquello que es
Vida”
(vida eterna) si ellos son “ricos en buenas obras” y “generosos y listos para
compartir”. La gente ambiciosa se va al infierno.
¿Cuánto de su ingreso debería
dar? Tanto como le sea posible. Le garantizo que en el cielo, no se arrepentirá
de ningún sacrificio hecho en la tierra.
Entre más se niegue a sí mismo,
más se parecerá a Cristo. Tenga en mente que la cantidad de dinero dada no se
compara con la cantidad de sacrificio expresada en dar. En el evangelio de
Marcos leemos:
Estando Jesús sentado delante del arca de la
ofrenda, miraba cómo el pueblo echaba dinero en el arca; y muchos ricos echaban
mucho. Y vino una viuda pobre, y echó dos blancas, o sea un cuadrante. Entonces
llamando a sus discípulos, les dijo: De cierto os digo que esta viuda pobre
echó más que todos los que han echado en el arca; porque todos han echado de lo
que les sobra; pero ésta, de su pobreza echó todo lo que tenía, todo su
sustento” (Mr. 12:41-44).
Los pobres entre nosotros
Por supuesto, nuestro dar a los
pobres no debe estar limitado a escribir cheques para nuestras iglesias o
agencias cristianas. Hay pobres que viven cerca de todos nosotros. Pueda que no
sean tan pobres como aquellos en las naciones en vías de desarrollo, pero son
personas que están luchando con sus finanzas. Probablemente hay pobres que
llegan a su iglesia. Usted puede preguntarle a su pastor si alguien tiene una
necesidad apremiante, así usted puede obedecer Tito 3:14: “Y aprendan también
los nuestros a ocuparse en buenas obras para los casos de necesidad, para que
no sean sin fruto”.
Dios promete recompensar a
aquellos que ayudan a los pobres al igual que disciplinar a aquellos que los
ignoran:
Aquel que cierra su oído al clamor del pobre,
también él clamará, y no será oído.... El que da al pobre no tendrá pobreza;
mas el que aparta sus ojos tendrá muchas maldiciones (Pr. 21:13; 28:27).
Una historia verdadera
En conclusión, quiero compartir
con usted una entrevista conmovedora de un cristiano pobre llamado Pablito,
quien vivía con su familia en las afueras de un botadero público en Manila,
Filipinas. Esta entrevista fue publicada originalmente en una revista llamada Misión
Cristiana,[6] junto con la siguiente nota del autor:
En 1985 la Asociación de Iglesias
Filipinas (APC, por sus siglas en inglés) enviaron a una joven pareja
misionera, Nemuel y Ruth Palma, a los más pobres de los pobres, los habitantes
de los botaderos de Manila. Ahí cientos de familias viven en filas de chozas
apiladas como cajas de fósforos, con láminas plásticas sucias o pedazos de
tarros de lata aplastados por techo, y sacos de tela y cajas de cartón de leche
por paredes. Una familia promedio de siete personas vive en una estructura no
más grande que una pocilga, ¡no más grande que una cama matrimonial!
El terrible olor, la suciedad, el
continuo quemar de la basura, la presencia de escondrijos de ladrones y
rufianes, motivó a un trabajador de la APC a describir el lugar como “la
versión humana del infierno, donde los gusanos no mueren y el fuego es eterno”.
Es un lugar en donde las ratas superan en número a los niños en millones.
La entrevista con Pablito
P: ¿Cuándo conociste a Jesús
como tu Señor?
R: Recibí al Señor como mi
salvador a través del testimonio de un trabajador de la APC hace cinco años.
Pero mi fe ha aumentado grandemente a través del testimonio de mis tres
hijitos.
Para cuando yo vine a Cristo, yo
era un vendedor callejero que vendía cigarros contrabandeados. Yo me di cuenta
inmediatamente que eso no iba de acuerdo con mi fe, entonces no vendí más
cigarros y empecé a vender periódicos y revistas locales en las aceras.
Pero aunque vendía mucho y ganaba
más, no me quedé mucho en este negocio ya que me di cuenta que las revistas
contenían fotografías e historias pornográficas.
P: ¿Cómo llegaste a vivir de
lo que encontrabas en la basura?
R: Yo quería vivir la vida de un
verdadero creyente. Entonces construí un carretón de madera y me movía a lo
largo de los mercados de Manila revolcando los basureros para encontrar comida,
botellas vacías y tarros de aluminio para el reciclaje.
Comparado con la venta de
cigarros y de revistas, es un trabajo muy sucio y duro. Siempre estoy cansado
después de un día de trabajo y huelo muy mal. Pero me siento limpio por dentro,
y eso es lo que es importante para mí y mi familia. Queremos tener mentes y
corazones limpios delante del Señor.
P: ¿Cómo se afectó su vida y
la de los suyos después de recibir a Jesús?
R: Mi familia y yo tenemos una
pequeña casa en la esquina sur del botadero. Sólo es una choza con cosas que he
encontrado en el botadero, pero es una casa llena de gozo porque todos amamos
al Señor. Tenemos devoción familiar todos las noches. Nuestras hijas siempre
cantan canciones que han aprendido en las clases de escuela bíblica. ¡Cómo me
encanta oírlas cantar! Ellas son el sol de mi vida.
El entusiasmo de mis hijas por ir
a las clases de Escuela Dominical, y la oración han afectado mi vida y la de mi
esposa grandemente. En las clases de los Palma se les enseña sobre higiene, por
lo cual mis hijas quieren usar ropa limpia todo el tiempo.
Han exhortado a mi esposa a usar
ropa limpia cuando no estamos buscando en los basureros. Como resultado,
nuestra familia sobresale acá en el vecindario. Nuestros vecinos nos molestan
cuando me pongo mi ropa de domingo y me llaman “Sr. Abogado”. Yo sólo sonrío,
porque yo sé que ellos también quieren estar limpios, tanto por fuera como por
dentro.
P: ¿Qué hace para crecer en el
Señor?
R: Nuestras tres hijitas asisten
al programa educacional y de alimentación conducido por Nemuel y Ruth Palma. Mi
esposa y yo asistimos al estudio bíblico semanal para padres de los Palma en el
botadero.
Yo le agradezco al Señor por
hacer que nuestras vidas sean felices a pesar de nuestra pobreza. Tan es as así
que yo me encuentro compartiendo este gozo con los otros vecinos. Llevo a cabo
un estudio bíblico con ellos y ya he iniciado otro estudio bíblico para doce
personas que viven en el lado oeste del botadero.
Pero necesito más biblias aquí.
Nunca encontramos biblias acá en el botadero porque nadie las tira. Pero son
costosas. (Nota: las biblias en la lengua filipina cuestan unos 4 dólares cada
una).
P: ¿Cómo se las arregla para
vivir del basurero?
R: Buscar cosas en la basura no
deja mucho. Se gana como 20 a 30 pesos (más o menos un dólar y medio) por día.
Pero el Señor nos ha provisto a través del botadero. ¿Ve usted estos pantalones
que llevo puestos? Se ven bien, ¿no es cierto? Los conseguí en el botadero.
Hace algunos meses me di cuenta
que necesitaba anteojos para leer. Oré al Señor y unos días después me encontré
éstos (Pablito nos muestra los anteojos que lleva puestos amarrados a sus
orejas por medio de unos cordelitos). Los encontré en un montón de basura que
acababan de tirar. Y eran exactamente los que yo necesitaba.
Casi todo lo que tenemos y
usamos, desde mi cinturón hasta los rizadores de cabello de mi esposa y los
zapatos y juguetes de mis hijas han venido del botadero. Dios conoce nuestras
pequeñas necesidades, así que cualquier cosa que necesitemos, Él la provee muy
cerca de nosotros.
P: ¿Qué otros cambios
importantes han sucedido en su vida?
R: Con Jesús en nuestro corazón,
Rosita y yo hemos aprendido a soportar las dificultades de la vida con una
sonrisa. Ya no usamos lenguaje grosero, y he aprendido a amar a mis vecinos y a
perdonar con rapidez.
¿Sabe usted por qué no llevo un
par de zapatos? Ayer fue domingo y planeaba estar en la iglesia temprano para
orar. Me puse mi mejor ropa y mi único par de zapatos, encontrados en el
basurero. Quería verme bien para el Señor, ya que mi cumpleaños número cuarenta
y ocho había sido hacía dos días. Así que me convencí a mí mismo para que un
limpiabotas limpiara mis zapatos. El hombre se llevó mis zapatos y yo me quedé
cerca.
Luego vi un puesto de flores al
otro lado de la calle, y pensé en comprarle al Señor un ramo de flores
amarillas. Crucé la calle rápidamente y las compré, pero cuando regresé al
puesto del limpiabotas, él se había escapado con mis zapatos. ¡Yo quería
llorar! No me sorprendió que no me enojara, aunque admito que me sentía un poco
mal al regresar descalzo y con mi mejor ropa, y con un ramo de flores en mi
mano. ¡Cómo me molestaron mis vecinos! Además llegué tarde al servicio de la
mañana.
Pero cuando oré en la iglesia ese
día supe que un día encontraré un par de zapatos, y a diferencia del viejo par,
estos serán un par perfecto.
El Misionero Nemuel Palma (en la puerta) visita a Pablito
(con anteojos encontrados en el basurero), su esposa Rosita, al lado de él, y
sus tres hijas: Liz (8), Rebecca (6) y Ruth (4), y dos vecinos.
Varios meses después de la
entrevista, un corresponsal de Ayuda Cristiana visitó a Pablito y averiguó que
él ya no buscaba en la basura para vivir. En vez de eso estaba sacando agua en
recipientes plásticos de cuatro galones de un tubo privado a un kilómetro del
botadero y vendía el agua a los vecinos del botadero a seis céntimos el tarro.
Él pagaba al dueño del tubo de cañería un céntimo por tarro, y así se ganaba
$1,50 en un día bueno. Sin embargo, Pablito trabajaba sólo en las mañanas de
cuatro de los seis días laborales para así poder conducir estudios bíblicos
para sus vecinos en el botadero en las tardes y noches. Pablito admitió ante el
corresponsal que a menudo él daba la mitad de sus ganancias a los “pobres”.